MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 254 NOVIEMBRE DEL AÑO 2019 ISNN 0124-4388 elpulso@sanvicentefundacion.com icono facebook icono twitter

La nave de los locos

Por: Alejandro Londoño
elpulso@sanvicentefundacion.com

Puros pajaritos de alas rotas, nacidos de madres llamadas degeneradas y obligadas a vivir en el macabro juego de las escondidas. Habitantes de los márgenes y del precipicio, funambulistas de la muerte, negados de la vida, amenazados por la ley y obligados al destierro, ¡Pero qué vida bullía allí en sus cuerpos! Todos ellos disidentes de la norma. Uno tan gordo y ancho, que en sus profundos y sebosos pliegues podía dar morada a una familia entera de lagartijas. Otra, bella, nervuda, con su cara cubierta con una manigua hirsuta, pasaba el día haciendo croché con sus mostachos. Paul, enano edéntulo, de rasgos apretados, era el líder de eso que llamaban “la caravana de los monstruos”. En un camión de basura adaptado para viajes por cartografías imposibles, el acondroplásico profeta recorría los caminos. Adornaba el capó “la bombástica lechuza”, artilugio que evocaba la figura de un búho que otea el horizonte. Figurín fabricado con papeles brillantes al que le endilgaban el trabajo de brújula avisora. Daban tumbos por el mundo y se escondían de las luces esos expertos de la vida, que llevaban las técnicas de la resistencia a verdaderos sentidos de arte y fuerza. Su vida estaba en el viaje, en el tránsito, en la transhumancia, puesto que la quietud y los intentos de asentamiento los ponían en riesgos de padecer todo tipo de violencia. La comunidad toda, la llamada normal y creyente del sagrado texto de la estadística, se había encargado de construir dispositivos y maquinarias con la tarea de eliminar eso que interpretaban como una amenaza obscena. El sumo sacerdote, con su bata como hábito, y el estetoscopio como estola, era el encargado de orquestar pesquisas y redactar los códigos necesarios para legalizar la eliminación sistemática de lo distinto. Teólogos de la molécula defendían con la ley del escalpelo que toda anatomía determinaba un destino, y que aquello que burlaba su aburrida armonía, amenazaba con sus disonancias la opulencia de sus pompas.

uienes conocían a Paul y su camada de monstruos, los pensaban como un tipo de freakshow o circo de lo grotesco. Los miraban con una emoción ambivalente, mezcla de temor y morbo. Los llamaban “sucios, desterrados, fenómenos”, sin saber que ese estatuto de expulsados les agendaba pasaporte a su libertad en el mundo. Viajantes, sin destino fijo, hacían de su errancia fluida patria. No faltaban las burlas, los insultos y las persecuciones encubiertas, pero al filiarse bajo la rúbrica de artistas, construían resistencias al frente normativo, que como lecho de Procusto, intentaba siempre hacerlos presa, olvidando que con ello arrebataban singularidades y amputaban vidas.

Paul hacía las veces de maestro de ceremonia, representante legal, casamentero, y cuando la urgencia lo exigía, sabía entornar los ojos, hacer de su gesto un rictus, para terminar botando espumarajos por la boca, fingiendo el más profundo estado de idiotez. Su inteligencia era filosa y multiforme. Entre los otros peregrinos estaba Eddy, “el hombre lagarto”, Gertrude, “la mujer gorila”, y Hans, “el eslabón perdido”; este último, un pigmeo albino, hijo de una aventurera alemana con un nativo mbuti del centro africano. A estos también llegué a conocerlos como a Daka, “el prodigio amazónico”, versado en los secretos de la selva, Flavia, “la pitonisa”, experta en trances y conocedora de los misterios por venir, y Kull, “el druida”, bardo inmortal que decían tenía al menos 725 años de vagar entre los bosques.

Una vez llegaban a una frontera y se presentaba la amenaza, cambiaban de identidad con la velocidad del trueno. Mudaban sus formas de hablar, el vestido, el ritmo de su marcha y el talante necesario para darle credibilidad a su parodia. Allí mismo, en el cambio, en el juego de identidades, en su personalidad abierta y su posibilidad mutante, hallaban su lugar y un nicho propicio para la vida. Era la riqueza en disonancias lo que producía su tremenda belleza. La singularidad de sus formas los hacía habitantes de ese esquivo lugar que es la frontera, y su cruce, una posibilidad abierta y alquímica, capaz de hacer vaporosos los límites semánticos de lo enumerado… “Tumba murallas”, como reza el canto. Hacían de su disidencia patria propia.


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