MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMÉRICA No. 333 JUNIO DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388
Aunque es una enfermedad prevenible y curable, el cáncer de cuello uterino sigue generando miles de casos y muertes evitables en Colombia.
Después del cáncer de mama, es el segundo tipo de cáncer más frecuente entre las mujeres colombianas. En promedio, siete mujeres mueren cada día por esta causa y más de 2.400 cada año. La mayor mortalidad se concentra en zonas periféricas del país y en mujeres con bajo nivel educativo, pocos ingresos y desempleo.
Para finales de 2025, la Cuenta de Alto Costo reportó que en el país conviven con este cáncer 48.271 mujeres. El 63 % de los casos se concentra en las regiones Central, Bogotá D. C. y Oriental, mientras que el menor número se presenta en la Amazonía.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cáncer de cuello uterino puede prevenirse con la vacunación contra el virus del papiloma humano (VPH) en niñas entre los 9 y 14 años, antes del inicio de las relaciones sexuales. Algunos países también han decidido vacunar a los varones para prevenir cánceres asociados al virus.
La OMS también enfatiza que este cáncer puede curarse si se detecta y trata de manera temprana. Sin embargo, en Colombia, de cada 100 casos, solo 33 se detectan a tiempo. A esto se suman las diferencias en los tiempos de atención: mientras la Cuenta de Alto Costo habla de 22 días entre la valoración médica y el inicio del tratamiento, la Corporación de Secretarías Municipales y Distritales de Salud (Cosesam) advierte que una mujer puede tardar hasta 330 días en conocer su diagnóstico y empezar a tratarse.
Aunque el país cuenta con capacidad para la inmunización y el tamizaje, persisten barreras que impiden eliminar esta enfermedad.
Uno de los factores es la falta de alfabetización y sensibilización sobre el tema. Una de las primeras jornadas de vacunación realizadas en 2014 en Carmen de Bolívar generó temor en la población tras una reacción masiva reportada entre niñas vacunadas.
Desde entonces, aunque la vacuna puede adquirirse a través de las EPS, no se han desarrollado campañas educativas sostenidas que den claridad y tranquilidad a la población.
Adicionalmente, hay un sesgo cultural en algunas zonas del país donde “se relaciona la vacuna con actividad sexual y promiscuidad”, señala Rincón, haciendo que muchos padres no estén de acuerdo con vacunar a sus hijos.
Al respecto, Carlos Castro Espinosa, médico oncólogo y asesor científico de la Liga Colombiana contra el Cáncer, sostiene que un cáncer prevenible “nos enfrenta a una realidad que no tiene una buena explicación, salvo falta de conocimiento, de educación y de campañas que sean convincentes para los adolescentes”.
Aunque ya no es necesario el consentimiento informado escrito por parte de los padres, también es importante que ellos entiendan que esta vacuna “es por el bien de sus hijos, para reducir el riesgo de desarrollar enfermedades malignas asociadas al VPH”, enfatiza.
Otro de los factores que juega en contra es la brecha entre la capacidad técnica y la ejecución del sistema, especialmente en territorios alejados de las ciudades capitales, donde acceder a la vacuna y al tamizaje sigue siendo más difícil.
Por una parte, la vacunación no ha sido permanente y no ha llegado de manera suficiente a las zonas rurales. El director de Cosesam, Julio Alberto Rincón Ramírez, advierte que “hemos dejado de vacunar, solo hemos puesto 4 millones de dosis: 1.5 millones en niñas y 2.5 millones en mujeres, y es un tema que involucra no solo al Ministerio, sino a las Secretarías de Salud, a las aseguradoras y al compromiso de la sociedad”.
A esto se suma que el tamizaje tampoco está articulado de forma homogénea en el país. Depende de la disponibilidad de pruebas de VPH y de la capacidad de respuesta de los aseguradores.
“Hoy en día la tamización del cáncer de cuello uterino ha migrado progresivamente hacia la prueba de VPH como método principal por su mayor sensibilidad, aunque en algunos territorios aún se utiliza la citología de cuello uterino, que puede tener menor capacidad de detección en una sola prueba y generar falsos negativos si no se acompaña de seguimiento”, advierte Carolina Weisner, directora del Instituto Nacional de Cancerología.
La especialista insiste en la importancia de fortalecer la cobertura de los programas de tamización y el acceso oportuno a las pruebas recomendadas, como la prueba de VPH en los esquemas establecidos, especialmente en poblaciones de difícil acceso. “Por eso las mujeres que viven en territorios y zonas alejadas son las que tienen mayor riesgo de morir por este cáncer”, afirma Weisner. Además, señala que los programas de tamización deben tener una lógica territorial para que las mujeres puedan acceder cerca de sus hogares a pruebas, resultados y atención especializada en caso de requerir biopsias o colposcopias.
“En eso ha fallado el sistema: no están articuladas las redes de atención para que la mujer no tenga que estar perdida solicitando autorizaciones y yendo a lugares que le quedan fuera de su lugar de residencia, con un alto gasto de bolsillo”, puntualiza.
El doctor Carlos Castro, por su parte, atribuye que sigan muriendo mujeres, aun con evidencia científica para demostrar que la vacuna es eficaz y segura, y contando con las pruebas de tamizaje, “al desinterés en algunos sectores y la falta de compromiso de todos los que estamos en el sector salud”. Un tema que requiere unir esfuerzos entre los Ministerios de Salud y Educación, y contar con voluntad política favorable.
La muerte de mujeres entre los 40 y 65 años por cáncer de cuello uterino también tiene impacto en la salud pública, la economía y el tejido social.
Aunque las mujeres en Colombia alcanzan sus mayores ingresos entre los 33 y los 40 años y luego disminuye su participación en la economía formal, según cifras del DANE, continúan siendo fundamentales en roles familiares y de cuidado.
Esta enfermedad afecta el proyecto de vida y la estabilidad de muchas familias. En Colombia, 2.3 millones de mujeres ejercen labores de cuidado. Además, según la OMS, el 20 % de los niños que pierden a su madre por cáncer quedan huérfanos a causa de esta enfermedad.
Desde el punto de vista económico, la detección temprana puede reducir incapacidades, ausentismo laboral, pérdida de productividad y pensiones anticipadas por invalidez o muerte.
Dentro del sistema de salud, el tratamiento puede superar los $72 millones, especialmente por hospitalizaciones, cirugías y quimioterapias. El tamizaje oportuno reduce este valor en un 30 % y aumenta significativamente las posibilidades de supervivencia.
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