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El avance y los costos de la insuficiencia renal crónica
-IRC- en Colombia, está alcanzando una magnitud tan
atemorizante, como para pedir a los responsables de la política
de salud y a los investigadores, un nivel de prioridad similar
al que se le otorga a la mortalidad materno infantil o la
infección por VIH/sida. Esa es la conclusión
que puede resumirse de un seminario realizado en la Universidad
El Bosque el diciembre pasado, dedicado específicamente
a esta problemática, tanto en Colombia como en otros
países.
La insuficiencia renal crónica es una enfermedad cada
vez más frecuente en países desarrollados y
en vías de desarrollo. Se estima que en los Estados
Unidos existen 19 millones de personas con algún grado
de insuficiencia, 512.000 con falla renal terminal y que se
diagnostican 60.000 casos nuevos cada año. En Brasil
la cantidad de personas afectadas está considerada
en un millón de habitantes, mientras las autoridades
sanitarias declaran que esta es una nueva clase de epidemia;
en Colombia hay identificados 12.900 pacientes con insuficiencia
renal terminal, aunque pueden ser más. Este puñado
de personas (12.900), consume por año en tratamientos
específicos, conexos y en complicaciones, la suma de
$585.000 millones, valor que representa algo así como
el 7% de todas las Unidades de Pago por Capitación
(UPC) que corresponden a 28 millones de personas. Para empeorar
las cosas, la prevalencia de la IRC aumenta cerca del 15%
cada año, a medida que la población envejece
y que un mejor acceso a los servicios asistenciales permite
alcanzar los estadios terminales de las enfermedades crónicas.
Esto quiere decir que durante el año 2005 tendremos
1.900 enfermos adicionales de IRC que costarán $83.000
millones, mucho más de lo que hay disponible por año
para hacer reestructuraciones y renovación tecnológica
hospitalaria.
El trasplante renal por su parte, es la mejor alternativa
terapéutica para el 30 a 35% de estos pacientes. No
obstante, la proporción de donantes vivos y cadavéricos
es cada vez menor en relación con el número
de aspirantes a un órgano en las listas de espera,
gracias al incremento en la prevalencia de la IRC, y al débil
desarrollo de la infraestructura logística y la cultura
de donación. Mientras en Estados Unidos se efectúan
45 trasplantes de riñón por millón de
habitantes, en Inglaterra 27,4 y en Italia 26, en Colombia
sólo se realizan nueve. Asimismo, mientras en España
el 82% de las familias acceden a la donación de órganos
de sus familiares con muerte cerebral, en Colombia ni siquiera
el 40% de los consultados decide donar a favor de centenares
de personas que viven la agonía de esperar un órgano.
Enfoques errados
A pesar de estos antecedentes, en nuestro país la IRC
aún no tiene la resonancia que merece o lo que es peor,
viene enfocándose en una perspectiva incorrecta, enmarcada
en el conflicto del ISS y las EPS privadas, acerca de quién
tiene la mayor concentración de afectados. Aunque ese
es un punto muy importante para esas organizaciones, sobre
el cual yo mismo he actuado en legítima defensa de
los intereses del Seguro, y por lo tanto en la disciplina
de defender su visión parcial, debo decir hoy al margen
de ese torbellino, que esta no es para el país la cuestión
de mayor relevancia. Será muy importante, pero no es
el primer punto. Lo que más debe preocuparnos es el
crecimiento del 15% anual de esta enfermedad, que sólo
puede abordarse desde una perspectiva fortalecida de prevención
y de la debida atención de sus principales causas etiológicas:
la diabetes mellitus y la hipertensión arterial.
El fortalecimiento de las medidas preventivas es indispensable.
Una mirada al informe de salud pública del año
pasado nos permite ver por ejemplo, que en el protocolo del
adulto que cubre enfermedades causales de la IRC, se fijó
como óptima una meta de cubrimiento del 40%, que es
muy baja dadas las circunstancias. Y, aunque se incluyeron
mediciones tan importantes como creatinina, examen de orina
y otras pruebas, el cumplimiento de todo el protocolo es evaluado
tomando la consulta general como trazador de protección,
por lo que no tenemos a disposición el verdadero valor
de pacientes efectivamente controlados.
Las cifras de IRC son escalofriantes, revelando por qué
algunos reaseguradores se fueron del país hace varios
años, como se muestra en la siguiente gráfica:
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Por eso aunque desde
hace semanas se viene discutiendo la necesidad de una UPC diferencial
para atender la concentración de enfermos en el ISS y
ese es un tema inmediato muy serio, esta perspectiva no atiende
de fondo las causas de la IRC, que como vemos ya es una prioridad
de salud pública. Ojalá a esta discusión,
que seguramente va a ser polémica porque compromete cifras
multimillonarias, la preceda o la acompañe la revisión
de los protocolos y la discusión de las acciones preventivas,
incluyendo sus principales causas etiológicas: diabetes
mellitus e hipertensión arterial. Este conjunto de enfermedades
debe abordarse como una categoría específica de
estudio y análisis, que no sólo tiene que ver
con que confluya en enfermedades catalogadas en Colombia como
de alto costo, sino que constituyen un fenómeno
epidemiológico y económico claramente delimitado,
de gran impacto, que pone a prueba el diseño y ejercicio
del sistema de salud.
A diferencia del VIH/sida, en el caso de la IRC no podemos esperar
una reducción dramática en los precios del tratamiento.
Tampoco existe una medida preventiva definitiva como una vacuna.
Enfrentamos un problema de grandes proporciones que será
difícil de contener, que en poco tiempo consumirá
y sobrepasará el 10% de los recursos del Sistema General
de Seguridad Social en Salud y que anticipa lo que viene: el
peso de las enfermedades crónicas. |