MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 6    NO 77    FEBRERO DEL AÑO 2005    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

El peso de la insuficiencia renal
crónica en el sistema de salud
Conrado Gómez Vélez Especialista en salud pública y en evaluación social de proyectos. Magíster en ciencias políticas - elpulso@elhospital.org.co

El avance y los costos de la insuficiencia renal crónica -IRC- en Colombia, está alcanzando una magnitud tan atemorizante, como para pedir a los responsables de la política de salud y a los investigadores, un nivel de prioridad similar al que se le otorga a la mortalidad materno infantil o la infección por VIH/sida. Esa es la conclusión que puede resumirse de un seminario realizado en la Universidad El Bosque el diciembre pasado, dedicado específicamente a esta problemática, tanto en Colombia como en otros países.
La insuficiencia renal crónica es una enfermedad cada vez más frecuente en países desarrollados y en vías de desarrollo. Se estima que en los Estados Unidos existen 19 millones de personas con algún grado de insuficiencia, 512.000 con falla renal terminal y que se diagnostican 60.000 casos nuevos cada año. En Brasil la cantidad de personas afectadas está considerada en un millón de habitantes, mientras las autoridades sanitarias declaran que esta es una nueva clase de epidemia; en Colombia hay identificados 12.900 pacientes con insuficiencia renal terminal, aunque pueden ser más. Este puñado de personas (12.900), consume por año en tratamientos específicos, conexos y en complicaciones, la suma de $585.000 millones, valor que representa algo así como el 7% de todas las Unidades de Pago por Capitación (UPC) que corresponden a 28 millones de personas. Para empeorar las cosas, la prevalencia de la IRC aumenta cerca del 15% cada año, a medida que la población envejece y que un mejor acceso a los servicios asistenciales permite alcanzar los estadios terminales de las enfermedades crónicas. Esto quiere decir que durante el año 2005 tendremos 1.900 enfermos adicionales de IRC que costarán $83.000 millones, mucho más de lo que hay disponible por año para hacer reestructuraciones y renovación tecnológica hospitalaria.
El trasplante renal por su parte, es la mejor alternativa terapéutica para el 30 a 35% de estos pacientes. No obstante, la proporción de donantes vivos y cadavéricos es cada vez menor en relación con el número de aspirantes a un órgano en las listas de espera, gracias al incremento en la prevalencia de la IRC, y al débil desarrollo de la infraestructura logística y la cultura de donación. Mientras en Estados Unidos se efectúan 45 trasplantes de riñón por millón de habitantes, en Inglaterra 27,4 y en Italia 26, en Colombia sólo se realizan nueve. Asimismo, mientras en España el 82% de las familias acceden a la donación de órganos de sus familiares con muerte cerebral, en Colombia ni siquiera el 40% de los consultados decide donar a favor de centenares de personas que viven la agonía de esperar un órgano.
Enfoques errados
A pesar de estos antecedentes, en nuestro país la IRC aún no tiene la resonancia que merece o lo que es peor, viene enfocándose en una perspectiva incorrecta, enmarcada en el conflicto del ISS y las EPS privadas, acerca de quién tiene la mayor concentración de afectados. Aunque ese es un punto muy importante para esas organizaciones, sobre el cual yo mismo he actuado en legítima defensa de los intereses del Seguro, y por lo tanto en la disciplina de defender su visión parcial, debo decir hoy al margen de ese torbellino, que esta no es para el país la cuestión de mayor relevancia. Será muy importante, pero no es el primer punto. Lo que más debe preocuparnos es el crecimiento del 15% anual de esta enfermedad, que sólo puede abordarse desde una perspectiva fortalecida de prevención y de la debida atención de sus principales causas etiológicas: la diabetes mellitus y la hipertensión arterial.
El fortalecimiento de las medidas preventivas es indispensable. Una mirada al informe de salud pública del año pasado nos permite ver por ejemplo, que en el protocolo del adulto que cubre enfermedades causales de la IRC, se fijó como óptima una meta de cubrimiento del 40%, que es muy baja dadas las circunstancias. Y, aunque se incluyeron mediciones tan importantes como creatinina, examen de orina y otras pruebas, el cumplimiento de todo el protocolo es evaluado tomando la consulta general como trazador de protección, por lo que no tenemos a disposición el verdadero valor de pacientes efectivamente controlados.
Las cifras de IRC son escalofriantes, revelando por qué algunos reaseguradores se fueron del país hace varios años, como se muestra en la siguiente gráfica:

Proyección de pacientes con diálisis crónica 1985-2010

Fuente: Datos consolidados con información de “Perspectivas en Nefrología”, Carlos López Viñas, Hernando Altahona Suárez, año 2000. Las cifras de 2000 a 2004 aunque fueron proyectadas, coinciden con lo reportado hasta ahora por el ISS y el Ministerio de la Protección Social.
Por eso aunque desde hace semanas se viene discutiendo la necesidad de una UPC diferencial para atender la concentración de enfermos en el ISS y ese es un tema inmediato muy serio, esta perspectiva no atiende de fondo las causas de la IRC, que como vemos ya es una prioridad de salud pública. Ojalá a esta discusión, que seguramente va a ser polémica porque compromete cifras multimillonarias, la preceda o la acompañe la revisión de los protocolos y la discusión de las acciones preventivas, incluyendo sus principales causas etiológicas: diabetes mellitus e hipertensión arterial. Este conjunto de enfermedades debe abordarse como una categoría específica de estudio y análisis, que no sólo tiene que ver con que confluya en enfermedades catalogadas en Colombia como de “alto costo”, sino que constituyen un fenómeno epidemiológico y económico claramente delimitado, de gran impacto, que pone a prueba el diseño y ejercicio del sistema de salud.
A diferencia del VIH/sida, en el caso de la IRC no podemos esperar una reducción dramática en los precios del tratamiento. Tampoco existe una medida preventiva definitiva como una vacuna. Enfrentamos un problema de grandes proporciones que será difícil de contener, que en poco tiempo consumirá y sobrepasará el 10% de los recursos del Sistema General de Seguridad Social en Salud y que anticipa lo que viene: el peso de las enfermedades crónicas.
 
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