MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 261 JUNIO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388
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Cuando el Secretario General de las Naciones Unidas señaló ante la asamblea de la Organización Mundial de la Salud su preocupación porque la pandemia se intensifica en el Sur Global, nos hizo pensar en muchos significados y significantes de la palabra Sur, más allá de aquel correspondiente a la geográfica, que define el Sur como uno de los puntos que conforman el eje sobre el que gira la tierra. Pudiera estar haciendo una referencia espacial, por ejemplo, al llamado meridión o mediodía, desde la óptica de los países del Norte, perspectiva desde la cual se dibujaron los mapas terrestres, que dejaron a Europa arriba y a otras regiones del mundo abajo, aunque en el universo y en el espacio, donde flota la tierra, no exista arriba ni abajo; sin embargo, esta definición deja, por ejemplo, a México o la india en el Norte, por lo que no parece corresponder a lo expresado. En realidad, la palabra Sur -y la expresión Sur Global utilizada por Guterres-, tiene una connotación mucho más temporal que espacial, pues se refiere a la parte del mundo donde se encuentran muchísimos países “atrasados” o eufemísticamente “en vías de desarrollo”, como los de nuestra América del Sur, significante que señalaría algo así como que vamos tarde en el camino de la historia...., como si ello fuera posible.
Puesto que ninguno de los significados y significantes previamente señalados parece satisfacernos, debemos proponer otra acepción de la palabra, que indica oposición y relación indisoluble al mismo tiempo, la que podríamos explicar, por ejemplo, al afirmar que el Sur es al Norte, como la pobreza es a la riqueza, es decir, simplemente, otra cara de la misma moneda. En este punto es preciso aclarar, como nos enseñara el maestro Alberto Vasco, de la Facultad Nacional de Salud Pública, que la pobreza no es problema si la riqueza no es problema. El verdadero problema, decía sabiamente, está en la relación pobreza - riqueza. Este Sur al que nos referimos, tampoco sería problema si el Norte no fuera problema. El verdadero problema está, y siempre ha estado, en la relación Norte-Sur.
Pues sí, el SarsCov2 llegó de los países del Norte (los de arriba, los que llegaron más temprano, los países ricos), donde causó estragos. Pero allá parecía haber también algo de Sur: las noticias de Nueva York nos advertían que la mortalidad causada por el virus era mucho más alta en los barrios de afros y latinos, donde residían los trabajadores más humildes. Desde entonces temíamos por el sufrimiento que causaría la pandemia en Latinoamérica, pues nuestra región ostenta el premio mundial de la desigualdad social (la relación riqueza-pobreza), que condena a buena parte de la población a subsistir en condiciones de vida deplorables.
Pero insistamos, no es que los pobres estén en vías de ser ricos, ni tampoco que sean seres subdesarrollados o que vayan tarde en el camino de la historia..., lo que sugeriría que la pobreza es un problema que se resolverá solo, con el paso de los años. Al contrario, la concentración de los riesgos y la limitada protección social en los estratos socioeconómicos más bajos, se traduce en que la condición de pobreza no significa únicamente carencia de recursos económicos, sino que incluye un mayor riesgo de enfermedades, lesiones, incapacidad y muerte; en suma, que la pobreza incluye en nuestra sociedad un juego de probabilidades muy alto de perder la salud, de quedar discapacitado o morir tempranamente, que afectará a su vez la posibilidad de generar ingresos para el grupo familiar, con lo que se reproduce y perpetúa el círculo de la pobreza. El problema real está, nuevamente, en la relación entre los distintos grupos sociales, ricos y pobres, en nuestras sociedades, en las ventajas aseguradas a los unos y las desventajas resultantes para los otros, desigualdad sostenida con esmero por los poderes del establecimiento.
Guayaquil nos confirmó rápidamente la violencia de la desigualdad, la terrible realidad posible para nuestros pueblos, donde la mortalidad depende del estatus social. De paso, echó por la borda la esperanza de los gobernantes de los países del Norte, de que el virus sucumbiría con la llegada del verano -el calor y la humedad, según Trump-, aunque su epidemiólogo en jefe señalara que no sería así, porque el virus ya había alcanzado África, ¡continente que entraba ahora en invierno! por lo que sobreviviría y después regresaría para el invierno del Norte.
Nadie le dijo, al abnegado médico, que África es un continente ubicado mayoritariamente en el hemisferio Norte y que la pequeña porción al sur del ecuador terrestre no alcanzaba, por su latitud, a sentir un verdadero invierno. Si por lo menos hubiera mencionado a Chile. Pero, claro, es que África es el ejemplo preclaro del imaginario Sur, la región más atrasada en el camino de la historia y, aunque quede un poco al Norte en el mapa, pertenece definitivamente al Sur. Es decir, que está llena de pobres.
En nuestra Bogotá, el Sur de la ciudad tiene la misma ubicación meridional que el Sur geográfico, pero cuando la mayoría de los bogotanos habla del Sur, no piensan en el punto cardinal, sino en la media metrópoli donde se concentra la pobreza, opuesta a la otra media, la del Norte, donde se concentra la riqueza. Una ciudad tan desigual, claramente dividida y seriamente fragmentada en lo social, fue capaz de confundir a los epidemiólogos, por el comportamiento de la epidemia.
El virus llegó en avión, con los viajeros de clases acomodadas procedentes de Europa y los Estados Unidos. Como quiera que los primeros contagiados correspondían a la zona “desarrollada” de la ciudad, con viviendas amplias para familias de muy pocos miembros, donde el asilamiento resulta cómodo y fácil, dada la abundancia de recursos y de servicios a domicilio, al virus le costó trabajo propagarse. Igual sucedió en otras grandes ciudades del país, como Medellín, Cali o Cartagena, también fuertemente segmentadas entre zonas de riqueza y zonas de pobreza y miseria, aunque en ellas el Sur Global no corresponda con el Sur geográfico. Allí el virus tampoco logró propagarse con rapidez en los barrios ricos las primeras semanas.
Comenzaron a oírse entonces versiones optimistas, afirmando que la pandemia no causaría mayor problema en el país, bien por las medidas de confinamiento temprano ordenadas por el gobierno, o bien por alguna particularidad desconocida y genial que protegía a nuestra población. ¡La curva se está aplanando!, llegaron a señalar altos funcionarios y algunos expertos, en curvas. Otros, menos optimistas, temíamos lo que sucedería cuando el virus entrara a las localidades, comunas, barriadas o favelas de nuestras ciudades latinoamericanas.
Efectivamente, al virus le costó trabajo y tiempo transitar la barrera entre la ciudad rica y la ciudad pobre. Se veía claramente en los mapas. Finalmente llegó al Sur, a los barrios de pobreza y de miseria. Entonces comenzó a propagarse a sus anchas.
Afortunada o infortunadamente, la crisis que trae el virus consigo despliega un lente muy poderoso, que muestra con toda claridad e incluso magnífica las desigualdades ocultas de la sociedad. La razón es que, tanto la mortalidad que causa la pandemia, como la crisis económica ocasionada por la necesidad de contenerla, afectan de manera tan desigual a los distintos estratos sociales, como la diferencias en el ingreso, la educación, la calidad de la vivienda, el trabajo, la protección social o los servicios de salud; en conjunto, esta crisis hace resaltar dramáticamente la enorme desigualdad que caracteriza nuestra organización social.
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