MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMERICA No. 261 JUNIO DEL AÑO 2020 ISNN 0124-4388
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Nada fue antes que yo, sino lo eterno…
Renunciad para siempre a la esperanza
Dante Alighieri
Me hallaba de visita en ese valle de dolores. Graves gritos y largos lamentos serían la banda sonora que acompañaría mis pasos. El piso era una tapia yerma que expelía sulfurosos hedores de una temperatura tal, que parecía escaldar las plantas. El cielo, una bóveda de un gris lechoso, no dejaba adivinar sus horas. Estas, esclavas del día y la noche, reverberaban en un carrusel infinito, rueca maligna que no permitía sospechar el inicio ni anticipar el fin. Me cubría aún mi única patria, el cuerpo, los tendones, mi carne anhelante y mis coyunturas dolidas. El ritmo de mis pasos era dado por el resuello de mi pecho, y el latido de mi corazón, de tan excitado que estaba, permitía que fuese testigo de mi sonoridad interna. La estadía allí, por corta que fuese, sería una matrícula a mi muerte pronta si no encontraba un pasaporte y guía en esas tierras macabras. Oí entonces la voz, qué digo, la palabra. Venía ella de otro que no era yo, a pesar de encontrarme solo. Decía: tú, representante de los vivos y participante de sus soberbias, invitado estás, junto a mí que seré tu guía, a transitar por este valle de torturas donde anidan todos los hijos de Esculapio, que siento tan sordos y ciegos como la más dura roca y que se negaron a escuchar prudencias y acatar consejos. Aquí yacen todos tus primos de oficio, los amantes de medallas y diplomas, los aguijoneados por la púa del furor y los que no conocieron límites.
Temblé yo y proferí un grito ante tal declaración, pues apenas la hubo terminado sonaron a coro las tristezas de tantos castigados, que hiriendo mis oídos me llenaban de pena.
Caminamos entonces, mi nuevo maestro y yo, por la patria de los abatidos. El lugar se disponía como un intrincado laberinto de forma cónica, estructurado, cual la concha de caracol, como un espiral profundo que llegaba a un punto ciego. Allí, en su vórtice final, estaría la última balanza que tamizaría la intención del iniciado. Dos redomas a medio llenar esperarían a que este, llegado al fin de su camino, eligiera entre la apuesta de la vida, trabajo arduo en el cuidado y sus misterios, o la muerte, maquillada siempre de vanidades y oropeles. En el primer anillo de esa concha, entre el estrépito y la algarabía, estaban todos aquellos henchidos de soberbia. Vestían un delantal de retal blanco. En su solapa, a modo de galardones y medallas, un pesado lastre de plomo les anclaba al piso. Ellos, cocidos a su piel los vacíos premios, habían ignorado los dolores de los sufrientes, anteponiendo su orgullo a la legítima queja. Más abajo, profundizando entre los fondos, se hallaban los afiebrados de furores, que como detectives ciegos habían perseguido pistas sin reparar en daños ni consecuencias. Su suplicio, arrancados los párpados de cuajo, estarían obligados a no descansar de la mirada, torturados con el castigo de la vista eterna. Siguiendo el camino, entre alaridos y dolores, se encontraba el anillo de los lascivos, todos ellos martirizados con las pieles desolladas, que habiendo prometido trato casto con quienes a ellos se entregaban, aprovecharon fragilidades y confianzas, dando rienda suelta a seducciones.
Más profundo, siguiendo un estrecho y tétrico pasadizo, hallábanse los brutales, almas condenadas al martirio eterno de ser aplastados sus miembros por un ejército de diminutos demonios armados con unas horribles porras de hierro. A cada uno de sus quejidos seguía una embestida de burdos golpes. Igual que ellos, otrora en vida, habían ignorado la súplica del que padecía dolor, y con más sevicia arremetían clavando estiletes, surciendo heridas y devolviendo coyunturas a sus puestos ignorando con dolo, como sádicos eruditos, las divinas artes de Morfeo. Al final, en el oscuro fondo del averno, se encontraban los más ruines de todos, aquellos que jurado aliviar dolores y sanar almas, se habían entregado a la codicia y puesto precio a todo cuerpo. En vida, fascinados por el lujo, nunca repararon que lo suyo era el arte y no la mercancía. Hicieron tratos comerciales y vendieron su criterio, cazaron enfermos y a aquellos que estaban sanos buscaron enfermarlos con el único propósito de hacer capital con sus angustias. Todos estaban sumergidos hasta el cuello en mar de dorada lava, y aun allí, ampolladas sus pieles, permanecían sus ojos desorbitados y sus bocas retorcidas en morboso gesto.
Terminé la jornada en esos fondos, asustado hasta lo indecible, pues entre todos los condenados pude reconocer muchos que me acompañaron en jornadas. Concluí mi pasaje en compañía de mi maestro, voz sin cuerpo que me protegió en todo momento y permitió, no lo dudo, que yo haya podido ser testigo y salir vivo, sin tener que sufrir suplicio por haber dañado a terceros.
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