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Prevenir no siempre es más barato

Autor
Por: Olga Patricia Rendón Marulanda
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Durante décadas, el mantra ha circulado sin mayor cuestionamiento en los pasillos de los ministerios y en los discursos de campaña: “Prevenir es más barato que curar”. La frase suena razonable, incluso obvia. Pero cuando se la somete al escrutinio de la evidencia económica y clínica, la realidad resulta bastante incómoda.

Colombia atraviesa una crisis de sostenibilidad financiera en su sistema de salud que hace urgente revisar ese paradigma. No para abandonar la prevención, sino para entender exactamente qué tipo de prevención, en qué poblaciones y con qué tecnologías realmente justifica su inversión.

Aunque algunas intervenciones preventivas ahorran dinero, la gran mayoría no lo hace. Su valor no está en el ahorro fiscal neto, sino en la costo-efectividad, es decir, en que el beneficio en salud justifique el gasto adicional.

Ramón Abel Castaño Yépez, PhD en Política y Salud Pública, lo ilustra con una metáfora: imagine, que existiera una tecnología capaz de detectar el cáncer de mama con cero falsos positivos y cero falsos negativos, disponible en tiendas y semáforos, acompañada de una pastilla que lo cura. En ese escenario ideal, Colombia se ahorraría alrededor de 600.000 millones de pesos anuales que hoy destina a tratar esa enfermedad, y miles de vidas serían salvadas.

Pero, “esa plata no se la ahorra el sistema. Se libera para ser utilizada en satisfacer otras necesidades no satisfechas. Al final, el sistema no es ni más sostenible ni mucho menos ahorra plata”, anota el experto.

Y es que, en los sistemas de salud, a diferencia de la manufactura, las necesidades siempre superan los recursos disponibles. Los ahorros por prevención no irían a defensa ni a infraestructura; se redistribuirían hacia otras enfermedades hoy desatendidas, como la hemofilia, el cáncer de colon o la atención en zonas rurales apartadas, lo que obviamente está bien, pero el sistema no se vuelve más barato.

Cuatro conceptos, cuatro lógicas distintas

Castaño distingue cuatro niveles que con frecuencia se confunden en el debate público: promoción de la salud, prevención primaria, secundaria y terciaria. Cada uno responde a una lógica económica distinta.

En el caso de la promoción de la salud, esta se enfoca en fomentar estilos de vida saludables y fortalecer determinantes sociales como la educación, los ingresos y el entorno. Para Castaño, son intervenciones de bajo costo con retornos amplios para la sociedad.

La prevención primaria, como la vacunación, tiene uno de los mejores retornos documentados. La vacuna contra el VPH en niñas de nueve años, por ejemplo, es reconocida como una gran herramienta para reducir significativamente el cáncer de cuello uterino.

La detección temprana —frecuentemente incluida dentro de la prevención— es donde aparece la primera zona de riesgo: el sobrediagnóstico.

Cuando detectar puede ser un problema

El caso del cáncer de próstata es paradigmático. La tamización sistemática con PSA reduce la mortalidad específica en un 20 %, pero genera un exceso de incidencia del 40 %, lo que traduce en un volumen alto de sobretratamiento.

Otro ejemplo: en Colombia, el 26,9 % de los casos de cáncer de tiroides detectados son microcarcinomas menores de 1 cm, tumores de bajo riesgo que en muchos casos nunca habrían causado síntomas. Aun así, al 86,5 % de esos pacientes se les administró terapia con yodo radiactivo, con un costo aproximado de USD 982 por paciente al año. Un gasto que, en sentido estricto, no generó beneficio clínico real.

De acuerdo con Castaño, “si uno hace demasiada detección temprana, puede terminar generando más falsos positivos”.

Olga Lucía Zuluaga Rodríguez, directora ejecutiva de la Asociación Colombiana de Empresas Sociales del Estado y Hospitales Públicos (Acesi), reconoce el riesgo: “Cuando se hacen tamizajes de forma desordenada puede haber sobrediagnóstico o tratamientos innecesarios. Pero hay modelos de atención integral que, con un tamizaje orientado a antecedentes personales y familiares, generan ahorros importantes”.

La paradoja de la supervivencia

Hay otro efecto que el debate público sobre prevención suele omitir: lo que Castaño llama “la paradoja de la supervivencia”. Si los pacientes crónicos —diabéticos, hipertensos, renales— son bien controlados, viven más. Y vivir más implica llegar a edades avanzadas con enfermedades más complejas y costosas.

En Colombia, los registros de la red de terapia renal sustitutiva RTS y la literatura nefrológica muestran mejoras sostenidas en la calidad de la diálisis en las últimas décadas, con resultados que en varios indicadores son comparables con estándares internacionales, así como una mayor supervivencia frente a periodos anteriores, con variaciones según el tipo de terapia y el perfil clínico. Paralelamente, los reportes de la Cuenta de Alto Costo (CAC) evidencian un crecimiento continuo de la población en terapia de reemplazo renal, con incrementos anuales cercanos al 5 %–8 %.

Las intervenciones que sí funcionan Ante un sistema con recursos limitados, la prioridad debe ser invertir en lo que tiene mayor retorno social demostrado. La evidencia señala algunas intervenciones con consistencia.

El control del tabaco mediante impuestos del 40 % al 60 % del precio de venta es considerado una de las medidas más costo-ahorradoras en salud pública. En Colombia, el uso de advertencias sanitarias gráficas podría evitar más de 3.400 muertes en diez años. La regulación de sal y sodio para reducir la hipertensión supera en costo-efectividad a los tratamientos individuales.

En cuanto a detección temprana, el cáncer colorrectal ofrece un caso de estudio riguroso, iniciar el tamizaje con colonoscopia a los 45 años en lugar de los 50 es costo-efectivo en Colombia. Aunque requiere más colonoscopias iniciales, un análisis de costo-efectividad en Colombia estima que iniciar el tamizaje a los 45 años podría reducir la mortalidad en alrededor de 37 % y generar una ganancia de 3,49 años de vida ajustados por calidad frente al inicio a los 50 años.

La prevención de infecciones asociadas a la atención en salud (IAAS) al interior de los hospitales también merece atención: su control puede reducir hasta un 70 % las infecciones de vía central, liberando camas de UCI y reduciendo la presión sobre el sistema.

El modelo preventivo que llega por decreto

Colombia formalizó su transición hacia un modelo preventivo mediante el Decreto 858 de 2025, que crea equipos de salud territorial y Centros de Atención Primaria en Salud. La iniciativa busca llevar servicios de detección temprana a poblaciones que históricamente han tenido poco acceso al sistema.

Zuluaga respalda el enfoque, especialmente para zonas alejadas: “Si no llego con medicamentos y pruebas que permitan una integralidad, se pierde la posibilidad de un tratamiento oportuno”. No obstante, advierte que la demanda inducida —incentivar a la población a usar servicios de detección— solo genera impacto real si la detección se traduce en una cita resolutiva. De lo contrario, el gasto sube sin mejora clínica.

Es por eso que el Ministerio de Salud utiliza una fórmula de priorización multicriterio para decidir qué tecnologías preventivas financiar con la UPC, que incorpora variables de carga de enfermedad, disponibilidad de recursos y eficiencia.

La salud como factor de desarrollo, no como línea de ahorro

El valor real de la promoción y la prevención está en la economía. Castaño cita a Etiopía, donde la reducción dramática de malaria, tuberculosis y VIH revirtió un círculo de pobreza y permitió un crecimiento económico de doble dígito. O a Costa Rica, que desde los años ochenta apostó todo a la atención primaria y hoy tiene indicadores de salud comparables con países desarrollados, una fuerza laboral educada y sana, y un ingreso per cápita notablemente mayor que el de Colombia.

“Lo importante de la prevención no es la plata que se ahorre. Es que la gente esté sana, produciendo y contribuyendo al desarrollo económico”, dice el experto.

La prevención en salud no es una palanca automática de ahorro, pero tampoco es un gasto sin retorno. Cada peso invertido en salud pública debe poder responder una pregunta simple: ¿cuántos años de vida saludable, productiva y digna está comprando?


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Autor

Andrea Ochoa Restrepo

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