MEDELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 11    No. 138  MARZO DEL AÑO 2010    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

No recuerdo otra época tan confusa como la que vivimos, con la “emergencia social”. No es para sorprendernos. Hace meses, en este mismo periódico, avizorábamos la insostenibilidad del sistema. La calma anticipaba la tormenta: la espera del gobierno del sin reglamentar los precios de los medicamentos, y los recobros, presagiaba el ataque a la tutela y a los derechos ganados en servicios No-POS. Lo que parecía ilógico, era que el control de los servicios se hiciera sustituyendo los principios humanísticos, de la ética médica, por principios presupuestales.
Durante varios años, entre 5 y 7, los odontólogos y los médicos nos preparamos para ejercer profesiones que exigen elevada moralidad y excelencia. Ese esfuerzo culmina el día de grado, cuando se presenta el juramento hipocrático; es un voto, una declaración ante la sociedad para guardar 4 principios, con un ascendiente en la historia de 2.400 años, que se recita según los términos de la Convención de Ginebra de 1948. El juramento nos obliga a ejercer con justicia, hacer el bien, no hacer daño (no maleficencia), y velar por la autonomía nuestra y la de los pacientes. Estos votos que consagra Ley 23 de 1981 (de Ética Médica), dicen textualmente: “Prometo solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad”…
“Ejercer mi profesión dignamente y a conciencia”… “Velar solícitamente y ante todo por la salud de mi paciente”… “Mantener incólumes, por todos los medios a mi alcance, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica”.
Cuando nos comprometemos a hacer el bien y a no hacer el mal, queremos decir que vamos a luchar por la vida de nuestros pacientes, indistintamente de su religión, de si son ricos ó pobres, blancos ó negros, guerrilleros ó paramilitares. Tampoco podemos distinguir entre pacientes de alto ó bajo costo, para ver si les indicamos lo que más les conviene ó si elegimos lo que precisa el equilibrio financiero del sistema. El juramento se presenta ante la comunidad y los pacientes; vale decir que no se jura por la Ley 100, ni por la reforma ó el equilibrio financiero del sistema, tal como buscan el decreto 128 de la emergencia social, en combinación con las multas y sanciones que agrega el decreto 131.
Recuerdo mucho a mis profesores de la Universidad de Antioquia y el Hospital Universitario San Vicente de Paúl, donde estudié. Me enseñaron que atendíamos a todos, lo mejor que podíamos, sin discriminar. En urgencias recibimos muchas veces, al mismo tiempo, a heridos y a sus supuestos agresores; a todos los atendíamos por igual, más tarde la policía y los jueces hacían lo suyo. También encontrábamos cuchillos y armas en las ropas de algunos, y aunque los auxiliares ó parientes sugerían sarcásticamente algo así como “aquí tiene la herramienta de trabajo”, eso nunca motivó tratos diferentes. Nunca, nunca nos enseñaron a discriminar ni a dejar morir a nadie. No se nos permitía juzgar por política, por delitos, embriaguez, por enfermedad y mucho menos por sospechas; siempre estábamos obligados a hacer el bien, eso aprendimos y eso juramos. Esta manera de actuar y pensar es la misma en todas nuestras universidades, públicas y privadas.
¿Los médicos no vamos a jurar para
hacerel bien a las personas, sino para mantener
el equilibrio financiero “del sistema”, para
preservar la Ley 100 y el presupuesto?
¿Se sustituyó el juramento hipocrático
por un juramento presupuestal?
Conrado Gómez.
También nos enseñaron que debíamos hacer respetar la misión médica. Durante muchos años, en todo el mundo, se ha luchado para que la misión médica esté protegida de fuerzas beligerantes, todo con el fin de cumplir el deber de hacer el bien. A pesar del conflicto que se ha vivido en Colombia, nunca nadie me impidió o sugirió dejar de atender a alguien: ni la policía, ni los militares y mucho menos los jueces. Siempre informábamos a las autoridades de las novedades y luego de garantizar que las personas tenían protegida su vida, éstas cumplían su labor. Por eso me sorprende que se quiera imponer un trato discriminatorio para los enfermos de alto costo y sanciones a los médicos que, cumpliendo su deber, les informen de lo que más les conviene para su vida.
¿Cómo puede la ciudadanía estar tranquila si los médicos y los odontólogos están censurados? Los pacientes también necesitan saber que a los médicos se les permite hacer el bien, sin cortapisas. Es terrible imaginar que existan censuras, premios, viajes, multas o amenazas para manipular la conducta médica.
Así como se debe impedir la reprensión al ejercicio profesional, se debe evitar la creación de estigmas o categorías degradantes, que aplicadas a la población, obstaculicen su acceso a los servicios de salud. Es alarmante el avance tratos discriminatorios, la metamorfosis del sistema, cuando se aplican etiquetas como la de alto costo, y al mismo tiempo se fijan multas para los médicos que no defiendan un plan obsoleto como el POS.
Enfermos de alto costo: nuevo estigma del siglo XXI
Alguna vez decíamos en otro artículo, que ahora el problema no es ser leproso sino ser costoso. No es una exageración. Las enfermedades son motivo de estigmas y tratos degradantes.
En Colombia se viene construyendo una categoría que no es epidemiológica ni demográfica, es económica: ser enfermo de alto costo. Existen listados y estrategias específicas para atender a estos enfermos, para controlarlos, segregarlos e identificarlos. Nadie los quiere entre sus afiliados. Se les hace auditoría uno a uno y se les excluye de los servicios de salud. Enfermedades como las llamadas huérfanas están excluidas del POS, y se atienden sólo porque lo exigen los jueces. Igual ocurre con muchos diagnósticos de cáncer y enfermedades degenerativas.
Esos pacientes y sus familias tienen obligación de contribuir al sistema, pero éste los excluye, a menos que los jueces ordenen su atención. A estos enfermos se los viene culpabilizando de romper el sistema de salud, presentándolos como explotadores y oportunistas; el uso sistemático de ejemplos exóticos y escandalosos de abuso de la tutela, desfiguran la realidad de las penurias que sufren estas personas, dando la impresión que el sistema y las EPS son las víctimas, y los enfermos sus victimarios. Esto es un estado invertido de valores, donde parece natural exigir a los médicos que defiendan la economía del sistema y no a los pacientes.
Recuerdo que en Internet encontré una lista de pacientes de alto costo, con todos sus datos; era información relevante para la contratación de servicios de una aseguradora. Y cuando se liquidaba a Cajanal, entre los posibles receptores de sus afiliados, mucho circularon sus listados de enfermos de alto costo. Hay todo un mercadeo defensivo del alto costo. Y un decreto prohibió el traslado de EPS hasta que los pacientes terminaran sus tratamientos, como si una enfermedad renal terminal, por ejemplo, tuviese cura; lo único que se logró fue quitarles el derecho a cambiar de EPS. Es largo enumerar lo que están sufriendo los enfermos de alto costo, por eso no se entiende que los decretos de emergencia social establezcan la requisa previa de sus cesantías, de sus aportes a pensiones voluntarias, y a su patrimonio y el de sus familias, para que sean atendidos. Esto lo que hace es cerrar un círculo inaceptable de discriminación, un régimen confiscatorio que margina a estos enfermos y sus familias de la protección social y del derecho a la propiedad privada.
¿Debe ser el objeto principal de los tribunales
de ética el mantenimiento del equilibrio financiero
del sistema? No creo, porque esto
desdibuja su objeto.
Conrado Gómez.
Sustitución del juramento hipocrático por el juramento presupuestal
La emergencia social introdujo un nuevo principio que es el del equilibrio presupuestal, con nombres como la finitud, la eficiencia, y sobre todo con la aplicación obligatoria de guías diseñadas para procurar el equilibro financiero del sistema. Esta obligación se impuso sobre todos los cánones hipocráticos, como regla superior a todos los valores sustantivos de la práctica médica y odontológica. Para asegurar su cumplimiento, se establecieron multas y sanciones. Es decir: ¿no vamos a jurar para hacer el bien a las personas, sino para mantener el equilibrio financiero “del sistema”, para preservar la ley 100 y el presupuesto? ¿Se sustituyó el juramento hipocrático por un juramento presupuestal? Como lo calificó el Dr. Roberto Esguerra, esto constituye una ofensa que no se había visto ni en Colombia ni en otra parte.
Cualquier médico que tome una decisión haciendo el bien a su paciente, y esto afecte la economía del sistema, se verá en el umbral de multas y sanciones. Una situación inevitable, frecuente y repetitiva, si se tiene en cuenta la obsolescencia del Plan Obligatorio de Salud -POS-. Estas medidas se parecen mucho a una conducta propia de la picaresca de algunas EPS, cuando le recomiendan a los médicos abstenerse de darle la fórmula a los pacientes, si contiene medicamentos No-POS; así se evita que éstos tengan un papel, una prueba para enseñarle al juez de tutela. Lo que sorprende es que una práctica como ésta, se institucionalice por decreto-ley. Con el anuncio de las multas, muchos médicos están paralizados: no pueden darle una fórmula al paciente, so pena de ser sancionados.
Desafíos a la autonomía y la práctica médica y odontológica
Imagino que para muchos administradores, economistas y empresarios, esto de los principios es algo cursi o superfluo. Es muy triste que algunos economistas quieran echar al suelo la tradición médica y odontológica sin conocer su esencia, para que tomemos partido como inspectores presupuestales. Ese papel no nos corresponde. Que lo hagan ellos, así como los jueces y las autoridades policiales tienen entre sus deberes encauzar a los heridos sospechosos, a los conductores embriagados y a posibles agresores.
¿Cómo puede la ciudadanía estar tranquila
si los médicos y los odontólogos están censurados?
Los pacientes también necesitan saber que a
los médicos se les permite hacer el bien, sin cortapisas.
Así como se debe impedir la reprensión al ejercicio
profesional, se debe evitar la creación de estigmas
o categorías degradantes, que aplicadas a la
población, obstaculicen su acceso a
los servicios de salud.
Conrado Gómez.
Tampoco se entiende que los tribunales de ética médica y odontológica deban convertirse en comités de control fiscal y presupuestal. Si estos tribunales van a asumir los casos de posibles daños a la economía del sistema, no van a tener tiempo de otra cosa: el perfil de sus integrantes debe ser distinto. Es absurdo. Es un cambio muy grande convertir los tribunales de ética, hoy al cuidado de la idoneidad profesional y el bienestar de los pacientes, en comités financieros a cargo de las guías y protocolos, para controlar los costos. ¿Debe ser el objeto principal de los tribunales de ética el mantenimiento del equilibrio financiero del sistema? No creo, porque esto desdibuja su objeto, de la misma manera que se corrompe la esencia de ser profesional de la salud, cuando se le obliga a velar por la economía del sistema, por encima del bien de los pacientes y de la humanidad.
Quiero reafirmar, para ser coherente con lo que creo, que los médicos sí tenemos la obligación de ser eficientes y cuidar los recursos. Sin embargo, nuestra misión no es defender el equilibrio financiero del sistema, en contra de la vida de los enfermos. ¿Quiénes son los débiles aquí: los pacientes, el sistema o serán las EPS? ¿Quién puede crear impuestos, sancionar, regular, controlar precios, perseguir la corrupción y reorganizar los servicios? ¿Los enfermos ó el régimen? ¿A quién tenemos que proteger los médicos: a los enfermos, a las EPS o al equilibrio financiero del sistema? ¿Por qué se exige con multas y sanciones que los médicos antepongan la defensa económica del sistema, contra los pacientes, si el sistema es el que los debe proteger? Este es un orden invertido de valores, que pervierte la práctica profesional. Éste papel no es el nuestro, esta tarea corresponde a los ministerios y a la Comisión de Regulación en Salud (CRES).
Existen docenas de medidas para controlar los costos, como los métodos de contratación, la agregación de la demanda, la creación de las EPS, los controles de precios, el control al ingreso de equipos y tecnología, y las compras a escala, por ejemplo. Pero estas medidas no le gustan a los grandes, y no están en manos de los médicos. ¿Por qué no se desestimulan los recobros al Fosyga, ampliando el POS, para que sus servicios sean contratados con las EPS por capitación y no por reembolso (pago por servicios), si ésta forma de pago es varias veces más costosa para el Estado? ¿Por qué en lugar de controlar los reembolsos, la emergencia creó nuevos intermediarios, como serán los gestores de prestaciones excepcionales? No lo comprendemos.
Finalmente, el problema es político. Estas serán posiblemente las primeras elecciones presidenciales en 12 años que no sean definidas por las FARC, sino por la salud. Ojalá el gobierno rectifique o derogue los apartes de los decretos que ofenden el ejercicio de profesiones dignas y respetables, como la medicina y la odontología.
   
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