DELLÍN,   COLOMBIA,   SURAMÉRICA    AÑO 12    No. 147 DICIEMBRE DEL AÑO 2010    ISSN 0124-4388      elpulso@elhospital.org.co






 

 

Portada del libro “Colombia en la poesía colombiana. Los poemas cuentan la historia”, Premio "Literaturas del Bicentenario", del Ministerio de Cultura. Ilustración de la portada: Mapa sin orillas (Fabián Rendón, 1994). Diseño de Verónica Moretta.
“Un fantasma, nada más existía. El Padre tocó una quimera, cogió algo misterioso...”, dice el Poema de la Creación de los Huitoto. Una peste presidió el principio del mundo en la epopeya de Yuruparí de los Desana. El cronista de Indias don Juan de Castellanos se asombra: “¡Tierra buena! ¡Tierra buena! / ¡Tierra que pone fin a nuestra pena! / ¡Tierra de oro! ¡Tierra bastecida!...”. Desde esa Colombia, mero sueño sin nombre, hasta la poesía que pinta con sangre nuestros dolores, fluye un río de palabras con deltas ignotos.
“Colombia en la poesía colombiana. Los poemas cuentan la historia”, son 186 poemas de 125 autores que recogen el devenir histórico colombiano, en una obra de los antioqueños Robinson Quintero Ossa, poeta, periodista y ensayista, y Luz Eugenia Sierra, periodista y gestora cultural, junto con Joaquín Mattos Omar y Amparo Murillo Posada, obra ganadora del concurso “Literaturas del Bicentenario” del Ministerio de Cultura de Colombia 2010, entre 33 propuestas. Fue presentada el pasado 7 de octubre en el Palacio de la Cultura de Antioquia.
“Queríamos mirar a Colombia no sólo con la visión fría de los historiadores sino desde la fábula del poeta, que la historia con todo lo que tiene de sueño y de pesadilla conmoviera más, y ahí estaba la poesía para darnos la manito”, dijo Robinson Quintero. Y agregó: “La idea surgió hace 7 años de una conversación con Luz Eugenia Sierra; tras mis investigaciones literarias, poemas y ensayos, pensamos una antología donde historia y poesía dieran sus versiones. Investigué en bibliotecas públicas y privadas, llevo 18 años en la Casa de Poesía Silva, leyendo y catalogando lo que llega a la biblioteca. El resultado: textos de poetas, reconocidos o no, lo importante son los poemas si cuentan hechos importantes. Hay una trama histórica, el argumento contado por los poetas, que requirió paciencia hasta hallarle la comba al palo. Cuando leemos poesía clásica, del Medioevo, romántica, lo bello es que muestran al lector cómo soñaba, pensaba, sufría o enfrentaba el hombre la guerra en cada momento”.
Del Dorado a Transmilenio
A la poesía aborigen y de la Conquista, siguen los bardos coloniales, de la Independencia, de la joven república, y de los siglos XIX, XX y XXI. La comunidad Nasa canta a Yuma (río Magdalena): “Dulce Yuma: / Ven a mi corazón. No te vayas al mar cruel (...) Ven, yo soy la bella princesa Furatena”. El “Romance de los Comuneros” (anónimo -1781) pide: “Acallen los atambores / y vosotros sedme atentos...”. Francisco Mejía Vallejo fabula la Convención de Ocaña: “Dicen que van para Ocaña / a hacer la Gran Convención, / el tigre, el perro, el león, / el mico, el mono y la araña... Ay, Dios, y qué malos ratos / anuncia la Convención: / ¿tendremos paz, habrá unión / entre los perros y los gatos?”.
La pléyade de imágenes es diversa
como nosotros. “Quizás en lo único que
coincidimos los colombianos es en el
hecho de cantar, contar y pensar con
las mismas palabras”, dicen los autores,
para una conclusión inevitable:
la lengua es la verdadera patria.
Luis Vargas Tejada, uno de los conspiradores septembrinos, alude a los “...ríos de sangre derramados / por las ilustres víctimas que inmola / sobre un cadalso horrible / el furor de un tirano aborrecible...”. Al mismo autor se atribuye el epigrama: “Si a Bolívar la letra con que empieza / y aquella con que acaba le quitamos, / oliva, de la paz símbolo hallamos. / Esto quiere decir que así al tirano / la cabeza y los pies cortar debemos, / si una paz duradera apetecemos”.
Igual fervor, pero bolivariano, tiene “El abrazo” de Ricardo Carrasquilla, una recepción a Bolívar. Ante su estatua, Rafael Pombo, interpreta en retrospectiva la historia: “¿Qué miras? Ya no hay pábulo de gloria que tu mirada fulminante encienda. / ¿A quién hablas? No hay alma que te entienda”. Igual, “Simón Metálico” de Oscar Hernández, para quien “Bolívar está muerto (...) / está apretado en su ataúd de bronce / como un grano de trigo entre dos rocas...”. Hay diatribas anti-liberales como “Despedida de la Patria” de José Eusebio Caro, prófugo de la justicia, contra el presidente José Hilario López. Epifanio Mejía satiriza a Tomás Cipriano: “Piensa el sastre en sus agujas, piensa el platero en su oro, / el zapatero en sus botas, / el carpintero en su torno (...) Antonio piensa en Mercedes, / Mercedes piensa en Antonio / y Mosquera sólo piensa en arruinarnos a todos”.
Manuel Uribe pone a Rafael Núñez suplicando su entrada a las puertas del cielo y del infierno, Rafael Pombo lo llama “Alma de envidia, de odio y egoísmo, / ruin en todo, en presunción gigante...”. Luis Carlos López augura la “gazapera fenomenal de perros y de gatos” tras la muerte de Olaya Herrera. Clímaco Soto Borda cuenta: “El gran general Pulido / en la batalla El Cocuy / mató dos mil liberales / y se quedó fresco muy”, y trae este epigrama: “Jesús, hijo de María / ¡Oh Divino Redentor! / bien comprendo tu agonía / al verte en la compañía / de tanto conservador”. Y Jorge Pombo zahiere por el robo de Panamá: “Los dos bandos del godismo / difieren en lo esencial / en que con igual cinismo / vende uno nacional-ismo / y otro el istmo...nacional”.
Sello de correo conmemorativo del Bicentenario de Los Comuneros, con Manuela Beltrán.
En igual contexto se inscribe el satírico “Régimen marroquinero” de Miguel Antonio Caro, opositor al presidente-poeta José Manuel Marroquín, quien rubricó la pérdida de Panamá.
Anota Quintero Ossa: “La historia de los sucesos en Colombia lo es también de sus vertientes en poesía, ya sea la precolombina, mágica inasible al lector moderno, llena de ensueño; la épica de Juan de Castellanos que narra la avanzada de la colonización; la barroca de Hernando Domínguez Camargo, reflejo del siglo de oro en Colombia; José Eusebio Caro como tipo del poeta romántico, de su visión de la muerte, del exilio. Hay una historia de los hechos y una imaginación de ellos”.
Violencia en verso
Ismael Enrique Arciniegas canta en sendos sonetos a los heroicos caciques Guanentá y Chanchón, José Fernández Madrid plasma el “Epitafio de Girardot”, Camilo Arturo Escobar reseña la batalla de Garrapata, Jorge Pombo rinde homenaje a la única víctima del “sangriento combate de Amalfi”, una vaca: “¡Salud, oh mártir de la patria mía! / vaca infeliz a quien el hado fiero / arrojó de metralla un aguacero / en la toma de Amalfi un negro día”. Imágenes mil provoca la violencia, el conflicto banderizo del siglo XX: Jorge Artel pinta el horror del 9 de abril, Jotamario Arbeláez tipifica las víctimas en su padrino, Gerardo Valencia trae el rompecabezas de la Colombia despedazada en “La cabeza de Galán”, Silva llora al Recluta: “Conoció toda la angustia / de largas horas sin sueño, / y de tristes soledades, / el pobre recluta muerto...”, tan vívido como “A un campesino muerto” de Eduardo Cote Lamus, o “A Cali ha llegado la muerte” de Emilia Ayarza, como “Página roja” de Piedad Bonnett o “El canto de las moscas” de María Mercedes Carranza. Circulan nombres familiares como Mapiripán, Dabeiba, Apartadó, Segovia... cuyo corolario bien podrían ser los versos de Nicolás Suescún: “Qué hermoso país es éste / con tantos matices del rojo, / aunque la sangre con el tiempo se vuelva negra...”.
Paisaje urbano y emocional
En “Colombia en la poesía colombiana”, los poemas “trazan un fresco emocional, espiritual y material del país”, dicen sus autores. Paisaje urbano y rural, diálogo entrecortado, monólogos, epitafios, dedicatorias, perfiles humanos y sociales, conforman el mapa llamado Colombia, ese territorio que alude Juan Gustavo Cobo Borda, en mofa a un verso de Rubén Darío, con el título de “Colombia es una tierra de leones”: “País mal hecho cuya única tradición son los errores...”.
La Medellín de Mario Rivero es “encanto turbio de Guayaquil y la Bayadera...” (...) “la misma ciudad, los mismos bares que nos acogieron antes noche a noche...” (...) y “las voces de la ciudad bullentes de secuestros de mafias...”. En el “Nocturno Primero” de Barba Jacob, Medellín es presencia alucinante; Gonzalo Arango, el de “Medellín a solas contigo” fulge en su versión profana de la oración católica: “Alma de Cristo, santifícame, cuerpo de Cristo sálvame, sangre de Cristo embriágame...”, su fervoroso “Cali mío”: “Mujer de Cali, ámame. / Sol de Cali, abrásame. / Río de Cali, llévame el mar...”. El caleidoscopio de postales íntimas incluye el “Nocturno en Bogotá” de Darío Samper, “Tunja” de Laura Victoria, “Buenaventura” de Helcías Martán Góngora, “Bogotá mía” de Darío Jaramillo Agudelo, el canto del Tuerto López a su natal Cartagena...
Esta obra de la Asociación Cultural Letra a Letra, “canta un país que sueña todos los países de Colombia”, dice el Comité Editorial; los desplazados hablan por boca de Francisco Ignacio Mejía y de Héctor Rojas Herazo, los carteristas por la de Guillermo Martínez, el país muerto revive en el “Cementerio Central” de Bogotá, de William Ospina, la cumbia danza en Jorge Artel, la cárcel apesta en Darío Lemos...Y no faltan momentos estelares de nuestra poesía: el “Nocturno” de Silva, “Balada de la loca alegría” y “Canción de la Vida profunda” de Barba Jacob, “Memoria del cultivo del maíz en Antioquia” de Gutiérrez González, “Morada al Sur” de Aurelio Arturo, y “Balada trivial de los 13 Panidas” de León De Greiff.
“Es una antología inusual: contar la historia desde la poesía y la poesía desde la historia”, subraya Robinson Quintero; quisimos incluir más poemas, por ejemplo de Giovanny Quessep, pero es una poesía atemporal detenida en el símbolo, no baja a la realidad como queríamos; lamento la ausencia de Javier Naranjo, Fernando Denis, de Jaime Jaramillo Escobar que no cedió los derechos, de muertos cuyos herederos cuidan mucho su imagen. Guillermo Valencia, ejemplo típico de poesía que emula realidades ajenas al país, no está, su poesía es copia del parnasianismo francés del cual se burla Jaime Jaramillo Escobar al decir que hay que leerla con calefacción, como si uno estuviera en Europa.
Los co-autores señalan un hilo intangible que va de la precolombina mitología Yoghi hasta siglos después cuando recrean esa génesis García Márquez: “El mundo era tan reciente que la mayoría de las cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”, y Aurelio Arturo: “Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo”. La creación es tema eterno de la poesía, y a la vez, sustancia que la define. La pléyade de imágenes es diversa como nosotros. “Quizás en lo único que coincidimos los colombianos es en el hecho de cantar, contar y pensar con las mismas palabras”, dicen los autores, para una conclusión inevitable: la lengua es la verdadera patria.
 
¿Kómo ce dise?
Apartes de un despacho de la agencia EFE, sobre la nueva "Ortografía de la lengua española”, aprobada por la Comisión Interacadémica y ratificada el 28 de noviembre en Guadalajara (Méjico).
Madrid (EFE). La nueva edición de la Ortografía, elaborada por las veintidós Academias de la Lengua, no cambia las reglas sustanciales pero sí contiene novedades interesantes: la "y" se denominará "ye"; en América deberán dejar de llamar "be alta" y "be baja" a la "b" y la "v", y "guión" y "truhán” pierden la tilde. Entre las novedades introducidas figura también la supresión de la tilde en la conjunción "o" entre cifras (5 ó 6). Y deberá escribirse "exministro", "exnovio", y no "ex ministro" o "ex novio".
 
Ocioso lector
Historia de Colombia
Éstas, que alguien llamó Nueva Granada,
tierras entre dos mares comprendidas,
las descubrió Rodrigo de Bastidas,
las conquistó Jiménez de Quesada.

Fue colonia; por verle emancipada
Torres, Caldas, cien más dieron sus vidas.
Fue Gran Colombia, un breve instante unidas
las hijas de Bolívar y su espada.

Tuvo oidores, repúblicos, virreyes;
Tuvo oro, tuvo letras, tuvo leyes;
Hay un cóndor y un istmo en el escudo.

Hoy de esas aves nos espanta el vuelo;
Huyó el oro; es el istmo ajeno suelo
Y nos queda una ley: la del embudo.

Hernando Martínez Rueda

Admonición a los antioqueños
(Fragmento)
¡Antioqueños...!
No os dejéis adular
Por el amansador de potros que llegó a palacio,
Ni por los escribanos
Que llevan las cuentas de sus negocios y arrierías.
(...)
En todas las artes destacáis hombres y mujeres
Y tenéis cantores que llenan de gloria vuestra amada tierra.
(...)
Sin embargo, hay demasiadas tumbas en Antioquia,
Demasiados funerales entristecen la fiesta del arado,...

Julián Malatesta, “Colombia en la poesía colombiana”.

 
 



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