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Se producen
profesionales
pero no se produce investigación
Conrado
Gómez Vélez Especialista en salud pública
y en evaluación social de proyectos. Magíster
en ciencias políticas - elpulso@elhospital.org.co |
Debe recordarse
cómo en el mes de julio del año anterior, gracias
a una publicación del periódico El Tiempo, se
conoció que ninguna de las universidades colombianas
quedó entre las primeras quinientas del mundo, según
estudio del Instituto de Investigaciones sobre Educación
Superior de Shangai (China), realizado por solicitud de la Unión
Europea. Aunque esta cuestión ya no es noticia sino martirio,
lo que no puede pasar inadvertido son las explicaciones públicas
de los funcionarios y de algunos rectores para desestimar el
informe, argumentando que éste se construyó con
indicadores equivocados, como la exigencia de publicaciones
en revistas norteamericanas en donde sólo pueden publicar
norteamericanos, excusas que además de incorrectas son
inaceptables, porque inducen un conformismo engañoso.
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Mientras tanto y de
otra parte, se aproxima el Tratado de Libre Comercio (TLC).
Su cercanía cunde el miedo en un sector educativo temeroso
de lo que pase con sus finanzas, a medida que las universidades
norteamericanas vengan a tomar una parte de ese negocio. Y digo
negocio sin ambages, porque el efecto fundamental que han tenido
las leyes mas recientes como la Ley 30, es la proliferación
de programas educativos de postgrado de gran rentabilidad, que
gradúan especialistas pero prácticamente no producen
conocimiento científico. Ofertas que florecen sin el
respaldo de grupos experimentados de innovación o producción
del saber, bajo la modalidad de "especialización"
y con profesores de cátedra, sin inversión en
investigación o en la formación de académicos,
y en muchos casos, a cargo de especialistas pero
sin la participación de doctores o magíster.
Esa flexibilidad también le permite incursionar
a institutos o escuelas que no son universidades, en temas como
epidemiología, salud pública, salud ocupacional
o administración hospitalaria, careciendo de experiencia
en investigación, separados del sector productivo de
la salud en el ámbito nacional o internacional. Programas
que, por lo tanto, no tienen líneas de investigación
ni equipos experimentados de investigadores para iniciar a sus
estudiantes en la materia, que no participan en las convocatorias
de Colciencias o en las asesorías que solicita el Ministerio
de la Protección Social, que no tienen revistas y que
no publican nada ni participan en las decisiones de política.
Nada de nada, porque ni siquiera pueden exigirle a sus alumnos
que hagan tesis de grado. Además, no saben quienes toman
esas opciones, que en el exterior las especialidades son consideradas
cursos y que para participar en un grupo internacional lo mínimo
que hay que tener es un título de maestría. |
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Urge, ante el tratado
bilateral con Estados Unidos, que las universidades fijen
un plan de competitividad y fortalecimiento, para que los
recursos que aportan los estudiantes no sólo se reinviertan
en edificios...
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De esa pobreza, lo
que pasó en diez años de Ley 30 sacándole
a la jeringa, es que muy pocas instituciones se convirtieron
en universidades y consolidaron grupos serios de investigación:
el resto reinvirtieron sus utilidades en edificios o en sedes
por todo el país, para extender esa modalidad de negocio.
No obstante, el sector no está debidamente preparado
para la globalización ni el TLC, y ahora simplemente
quieren que los saquen del tema.
Se constituye así un componente educativo sumamente pobre,
que produce profesionales pero que básicamente no produce
conocimiento, ni patentes, y que no es competitivo en innovación,
ni en publicaciones, ni en premios internacionales. Un concepto
deformado, basado en el perfil del "especialista",
dirigido al dominio de técnicas, rutinas y destrezas
operativas, pero que no tiene como finalidad ni la investigación
ni la enseñanza. Modalidad que es preferida por factores
culturales y también por razones económicas, considerando
que con una especialización se alcanza un salario equivalente
en nuestro medio, no se justifica embarcarse en una maestría
o un doctorado a menos que sea por gusto personal. Y por otro
lado, la desprofesionalización que propicia la Ley 100/93
sobre el sector, ha llevado a que muchos prefieran invertir
sus ahorros en un negocio distinto, que en corto plazo generará
mayor beneficio y respaldo laboral.
Aunque hay un grupo selecto de universidades que dan ejemplo,
prevalece un concepto universitario recortado que no ve su papel
en la creación de conocimiento autóctono, que
se conforma con tomarlo prestado de otros países, dejándonos
en una posición precaria de importadores del saber. Según
ese esquema, una línea de investigación
es un asunto teórico que la universidad puede ahorrarse,
cualquier cosa menos un grupo de profesionales investigando
en un tema específico, articulado al sector científico
y productivo, publicando y difundiendo conocimiento. Esta pobreza
no tiene excusa ni defensa. Mucho menos cuando observamos lo
que viene pasando con los hospitales universitarios, forzados
a convertirse en hospitales generales, en prestadores de servicios
incluidos en el Plan Obligatorio de Salud (POS), que como se
sabe están limitados a tecnología media que excluye
la innovación y la investigación.
Lo que sucedió con el Hospital Ramón González
Valencia de Bucaramanga no puede ser visto con indiferencia:
su situación tiene que llamar la atención también
sobre el punto de ser universitario. No podemos aceptar que
a futuro los profesionales de la salud se produzcan copiosamente,
pero sin capacidad de investigar ni entender las medidas más
mínimas de estadística, de metodología
o que deban graduarse sin campos de práctica. No podemos
admitir que la figura del hospital universitario como centro
de formación de profesionales y de investigación
no tenga cabida ni un lugar especial, en el esquema de salud
colombiano.
El TLC y el resultado de esta lista de Shangai deben motivar
un análisis descarnado de la situación educativa
en salud, que se concrete en medidas perentorias para mejorar
la competitividad. ¿Se puede pensar que los colombianos
no publicamos artículos ni producimos patentes simplemente
porque no nos apetece, o que eso no tiene tanta importancia
y que los que se equivocan son los chinos que hicieron ese informe?
El desprecio que destilaron las declaraciones de algunos, demostró
una mínima consideración por la innovación
que no se puede aprobar: los colombianos somos los equivocados
en este asunto.
Urge, ante el tratado bilateral con Estados Unidos, que las
universidades fijen un plan de competitividad y fortalecimiento,
para que los recursos que aportan los estudiantes no sólo
se reinviertan en edificios, sino que con estos se les asegure
el acompañamiento de profesores experimentados y activos
en investigación y la formación de verdaderas
industrias de conocimiento, que hoy sólo un número
mínimo de universidades puede mostrar. Este plan debe
incluir a) mayores exigencias en la proporción de profesores
de planta, b) facilidades de capacitación para los profesores
que siendo especialistas logren complementar esos cursos y validarlos
como maestrías, c) reducir y eliminar a medio plazo el
número de profesores que no tiene postgrado, d) fomentar
las becas para doctorados y maestrías, e) exigir programas
permanentes de capacitación de docentes, e) impulsar
y acreditar grupos de investigación, f) exigir una producción
mínima de conocimiento en cuanto a publicaciones, g)
promover las publicaciones científicas colombianas, h)
generar mecanismos de publicidad que permitan a los aspirantes
evaluar adecuadamente las universidades en donde desean estudiar,
i) establecer una diferencia más clara entre lo que es
una especialidad y una maestría.
Este giro de los hechos muestra de nuevo que se requiere una
reorganización cuidadosa de la universidad, que no debe
balancearse como viene haciendo, principalmente en la graduación
de especialistas y en la flexibilización laboral. En
este sentido, la estabilidad de los investigadores es hoy justamente
la ventaja de la universidad pública. El país
tiene que poner sus ojos en formar por lo menos magíster
y también doctores. Para la universidad privada, esa
es también una señal muy clara de cómo
crecer y fortalecerse, a medida que surja una demanda cada vez
mayor de estos programas, con un verdadero acompañamiento
de grupos de producción de conocimiento que hagan del
saber un asunto propio y no solamente aprendido de memoria. |
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