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La Alma Mater de la medicina cumple 150 años

Por: Shelly Gómez Sánchez
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150 años de vida le han otorgado suficiente experiencia y madurez a la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia para merecer el título de madre de la educación médica en el país. Desde su nacimiento ese 14 de diciembre de 1871, ha concebido 14 mil hijos y los ha formado bajo el lazo de la vocación que los ha unido: servir a su pueblo. Hoy, según las mediciones más importantes de universidades a nivel mundial, como el Ranking QS, durante los últimos tres años ha sido reconocida en el primer lugar como la mejor Facultad del país en el área de la salud, y la número once en Latinoamérica.

El mérito a las cifras lo han logrado décadas de compromiso, esfuerzo y dedicación.

En una Medellín de poco más de 20 mil habitantes, la Escuela de Medicina y Ciencias Naturales de la Universidad de Antioquia –bautizada así inicialmente- comenzó sus labores educativas en febrero de 1872 con un puñado de quince alumnos y bajo la influencia de la medicina francesa, en ese entonces con Europa como referente mundial.

Según Adolfo León González, en su libro La modernización de la Facultad de Medicina de la UdeA 1930-1970, aun con una práctica médica muy empírica, pero con una “imperiosa necesidad de la población de contar con profesionales titulados que manejaran el malestar de los habitantes”, la Escuela emprende su camino, lejos de haberse imaginado un siglo y medio después, con el propósito de formar en cursos regulares a los futuros médicos del departamento.

En 1875 se graduaron sus tres primeros médicos -los mayores de 12 mil hermanos más-, de uno de ellos, Julio Restrepo, aún se conserva la tesis de grado en la biblioteca médica. Para principios de los 90 ya sus frutos empezaban a reconocerse y a marcar historia en la medicina nacional. En 1902, Juan Bautista Montoya y Flórez, pionero de la medicina en Antioquia, profesor de la Facultad y uno de los fundadores del Hospital San Vicente de Paúl, realizó la primera radiografía en Colombia de una mano con una bala incrustada en los tejidos del dedo anular y varios fragmentos de plomo lindantes.

En 1896 se firmó la Ordenanza Departamental que estableció el inicio de las prácticas clínicas de la Escuela de Medicina en el Hospital San Juan de Dios, y en 1903, allí mismo, bajo la planeación y dirección del mismo Montoya y Flórez, se inauguró la primera sala de cirugía, testigo de la formación y evolución de varias generaciones de médicos cirujanos.

La Facultad, ya mayor de 50 años, en 1925, empezó a germinar un nuevo proyecto: la construcción de su propia casa. Buscando remediar la crisis por falta de condiciones locativas y escaso personal médico, el filántropo antioqueño, Alejandro Echavarría, reunió influyentes personajes de la época, quienes concretaron la creación de un nuevo hospital de caridad; en 1926, al término de este –nombrado Hospital San Vicente de Paúl- el sueño de un espacio se hizo palpable.

En un terreno conocido como Llano de los Belgas, contiguo al Hospital San Vicente, se iniciaron los planos elaborados por el arquitecto belga Agustín Goovaerts. Con un estilo de “clara reminiscencia renacentista”, se construyeron dos de los cuatro bloques simétricos que comprendía el diseño inicial y en 1934 se inauguraron bajo la decanatura de Jacinto Echeverri. En 2009, el edificio, considerado hoy patrimonial, se bautizó con el nombre Manuel Uribe Ángel, padre de la medicina de Antioquia y docente fundador de la Facultad.

Ya por esa época de los 30 comienzan a darse una serie de reformas en la educación superior en Colombia debido al desarrollo poco satisfactorio que estaba teniendo. Los gobiernos liberales de esa década consideraban la experiencia práctica como fundamental para el conocimiento, y decidieron regir todos los programas educativos con esta orientación filosófica. Internacionalmente, tras la primera guerra mundial, Estados Unidos emerge como país gobernante de la economía mundial y, progresivamente, los países latinoamericanos fueron orientando su mirada hacia allí.

Con esta influencia, el modelo semiológico en el que se justificaba la medicina francesa empezó a perder popularidad y a debatirse entre profesionales que llegaban de ambas regiones del mundo. “La modernidad representó el triunfo de la razón, la negación del hombre y la afirmación del conocimiento, de la evidencia y de la materia; como consecuencia de eso desaparecen los médicos que interpretan, que relacionan lo biológico con lo espiritual y lo integral, para darle paso a quienes ven una maquinaria a la que le falla alguna de sus piezas”, comparte León González en su libro.

Y a partir de allí, la Facultad empezó otra etapa de su vida. Con la llegada del flexnerismo, se sustituyó la educación predominantemente teórica por una formación más práctica; la investigación en los laboratorios y el tacto con los pacientes empezaron a ser el modus operandi de la medicina en el país. Con una nueva ruta marcada, su pasado resiliente comienza a mostrar unas consecuencias sólidas.

Para los años 30, cuando poco se hablaba de especializaciones médicas, se inició con los llamados “jefes de cátedra”, quienes, a partir de tutorías directas con sus maestros, profundizaban en un área específica. Para los 40 se gestaron las primeras mujeres del legado; por primera vez en la historia de la medicina de Antioquia, ingresaron a la Facultad las señoritas Clara Uribe, Ligia Montoya y Clara Glottman; Esta última, graduada en 1947 y recordada como la primera mujer egresada.

Ya por los años 50 la Facultad era considerada unas de las pioneras en el campo de las especializaciones. En 1958 se creó el programa de Cirugía como primera Especialidad Clinicoquirúrgica; para el 63 surgió el Programa de Instrumentación Quirúrgica y en el 94 se logró su profesionalización. Así inició lo que hoy se constituye por tres pregrados, 52 posgrados, entre ellos 47 especializaciones, cuatro maestrías, un doctorado y 58 grupos de investigación.

Durante más de un siglo siendo la única de su tipo en la región, la Facultad fue – y seguirá siendo- el hogar de sus estudiantes y docentes; todos ellos fundamentales en el proceso de evolución de la medicina en nuestro país y, especialmente, en nuestro departamento. Por sus aulas y laboratorios han pasado varios de los personajes más influyentes de la historia médica colombiana, entre ellos: Héctor Abad Gómez, Alfredo Correa Henao, Andrés Posada Arango, Pedro Luis Arias, Gil J. Gil y Vilma Piedrahita.

Gracias a su vocación de formadora, ha cosechado importantes logros de la mano de algunos de sus aprendices y profesores; el primer trasplante exitoso de riñón con donante vivo en Colombia, realizado en 1973 por el profesor Jaime Borrero; el primer trasplante de corazón en 1985, junto con la Clínica Cardiovascular y el primero de hígado en Antioquia. Por mencionar algunos de los más resonantes.

Con la llegada del nuevo milenio se introdujeron grandes cambios pedagógicos, centrados en procesos de formación más íntegros y humanistas. Las nuevas dinámicas impuestas por una era tecnológica, la impulsaron a adaptarse una vez más a la realidad y a las necesidades de su entorno.

El surgimiento de nuevos programas, maestrías y grupos culturales; la creación de laboratorios especializados y estrategias de teleducación; la implementación de iniciativas como el Parque de la Vida, líder en promoción de la salud y prevención de la enfermedad en Latinoamérica o el LivingLab Telesalud, son evidencia del arduo y constante proceso de transformación al que decide encaminarse una madre por dar lo necesario al crecimiento de sus hijos.

Hoy, un siglo y medio después, sigue siendo una maestra innata. Su historia, escrita del puño de cada uno de sus discípulos, es parte de un pasado persistente en la memoria de quienes siempre la habitarán.


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