MEDELLÍN, COLOMBIA, SURAMÉRICA No. 335 AGOSTO DEL AÑO 2026 ISNN 0124-4388
En las últimas décadas, los avances de la medicina y la tecnología han permitido aumentar la esperanza de vida. Sin embargo, ese logro plantea una pregunta que trasciende lo biológico: ¿la sociedad está garantizando una vida más larga o una vida con calidad?
La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que todos los países están experimentando un aumento tanto en el número como en la proporción de personas mayores. Proyecta que, para 2030, una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más, mientras que, para 2050, esta población alcanzará los 2.100 millones y el número de personas mayores de 80 años se habrá triplicado hasta llegar a 426 millones. Además, dos de cada tres adultos mayores vivirán en países de ingresos bajos y medianos, donde los sistemas de salud enfrentan mayores desafíos para responder a esta transición demográfica.
La OMS señala que, desde la perspectiva biológica, el envejecimiento es producto de la acumulación paulatina de perjuicios a nivel celular y molecular, los cuales reducen de manera gradual las habilidades físicas y mentales e incrementan la probabilidad de padecer enfermedades.
La respuesta no depende únicamente del sistema de salud. Asimismo, incluye elementos de índole familiar, cultural, económica, social e institucional. El verdadero reto no es simplemente sumar más años a la vida, sino asegurar que esos años se vivan con dignidad, bienestar y autonomía.
Con el objetivo de abordar el envejecimiento poblacional y mejorar la atención a los adultos mayores, desde la política pública se han promovido varias estrategias. No obstante, los expertos consultados coinciden en que estos esfuerzos todavía son insuficientes para satisfacer las crecientes exigencias de atención integral, protección social y cuidado que requiere esta población.
A pesar de estos avances, la realidad continúa siendo desigual. Para miles de personas, el envejecimiento sigue marcado por enfermedades crónicas, dependencia funcional, dificultades económicas, aislamiento social y una creciente necesidad de cuidados. En estos casos, vivir más años no siempre significa vivir mejor.
La historia de María Socorro Cardona refleja una realidad que permanece poco visible: la de quienes dedican años de su vida al cuidado de un familiar y terminan enfrentando profundas consecuencias personales, económicas y emocionales.
Su madre fue diagnosticada con enfermedad de Alzheimer cuando ella aún era una mujer joven. A medida que la enfermedad avanzó, el cuidado se convirtió en una responsabilidad permanente. “Ella dependía de mí. Yo me fajaba para poder lidiar con ella, levantarla para cambiarle el pañal, hacerle baños en cama, llevarla al médico; gran parte de mi vida la enfoqué en el cuidado de mi madre y no me arrepiento”, afirma Cardona.
Durante más de una década dejó en segundo plano su vida laboral y personal para dedicarse completamente a su madre, quien falleció en 2010, a los 89 años. Posteriormente asumió también el cuidado de su padre hasta su muerte, en 2014, a los 99 años.
Aunque contaba con apoyo familiar, reconoce que cada integrante tenía sus propias responsabilidades, por lo que el peso principal del cuidado recayó sobre ella. Hoy, a sus 67 años, vive con un familiar, depende económicamente de terceros y enfrenta un diagnóstico de demencia severa. Su historia ilustra una paradoja frecuente: cuidar también puede generar vulnerabilidad para quien cuida.
Para Eliana Patiño Lopera, trabajadora social con experiencia en centros de bienestar para personas mayores, el principal desafío consiste en fortalecer el trabajo articulado entre la familia, las instituciones y los profesionales.
Explica que vivir más tiempo no significa necesariamente envejecer con calidad de vida. Ese propósito depende de que las personas mayores cuenten con condiciones que favorezcan su autonomía, participación y acceso efectivo a servicios sociales y de salud.
La especialista advierte que muchos adultos mayores continúan enfrentando pobreza, aislamiento y abandono. En ese contexto, considera indispensable fortalecer las redes familiares, comunitarias e institucionales para evitar que la vejez transcurra en condiciones de desprotección.
Según Patiño, el cuidado de las personas mayores requiere una corresponsabilidad entre las familias, las instituciones y el Estado. Sin esa articulación, advierte, aumentan el riesgo de aislamiento y las dificultades para garantizar una atención integral.
Desde el ámbito clínico, la psicóloga Eliana Cárcamo Alviz plantea que la pérdida de dignidad durante el envejecimiento puede analizarse desde dos perspectivas: la del adulto mayor y la del cuidador.
En el primer caso, explica que la pérdida progresiva de capacidades cognitivas y funcionales afecta la autonomía y puede generar sentimientos de indefensión y pérdida de identidad.
En el segundo, advierte que el desgaste físico y emocional del cuidador también influye en la manera como se desarrolla el proceso de cuidado.
Por ello, considera fundamental promover estrategias que permitan mantener la participación del adulto mayor en las decisiones relacionadas con su vida cotidiana.
Más que reemplazar completamente su autonomía, señala que el reto consiste en construir decisiones compartidas que preserven la dignidad de la persona durante todas las etapas del proceso.
El envejecimiento no puede entenderse únicamente desde la enfermedad o la dependencia. También exige transformar la manera como la sociedad concibe la vejez.
Lejos de representar únicamente dependencia, muchas personas mayores continúan aportando a sus familias y comunidades mediante el cuidado, la transmisión de conocimientos, la participación social e incluso el trabajo remunerado. Reconocer ese papel también hace parte de una visión más amplia e incluyente del envejecimiento.
Al mismo tiempo, prepararse para envejecer comienza mucho antes de llegar a esa etapa. La actividad física, la alimentación saludable, las redes de apoyo, la estabilidad emocional y la planificación financiera influyen de manera decisiva en la calidad de vida durante la vejez.
En ese contexto, el debate trasciende el número de años que una persona logra vivir. La verdadera discusión es si Colombia está preparada para responder a una población cada vez más longeva y con necesidades crecientes de cuidado. Más que prolongar la vida, el desafío consiste en garantizar que esos años adicionales se vivan con autonomía, protección y dignidad. Lograrlo dependerá no solo de los avances médicos, sino también de las decisiones que adopten el Estado, las instituciones, las familias y la sociedad para afrontar una de las transformaciones demográficas más importantes de las próximas décadas.
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