No hay enfermedades
sino enfermos. Esta afirmación que se escucha
con alguna frecuencia, muy pocas veces se analiza y por tanto
raramente se piensa en lo que quiere decir y en lo que entraña.
En realidad las enfermedades no existen, por lo menos no independientes
del ser vivo. No existen las hepatitis ni los infartos ni
las diabetes solas, por sí mismas, sin un sujeto padeciente.
Existen, sí, los microorganismos patógenos,
existen las sustancias tóxicas, también las
alteraciones genéticas, los agentes cortantes y los
contundentes; en general todos ellos pueden producir lesiones
y alteraciones en los tejidos, en los órganos vivos
y en sus funciones. Sin embargo, esto no siempre sucede de
manera tan simple, es decir, no todas las personas que están
expuestas a una noxa sufren el daño, y por tanto no
todas sufren la enfermedad. Existen unos factores individuales,
muy particulares y en muchísimos casos no bien dilucidados,
que se sabe que sí actúan, los cuales favorecen
la aparición y el desarrollo de la enfermedad. Adicionalmente
están los factores del medio ambiente, que por supuesto
tienen una importante participación como componentes
de la multicausalidad de la enfermedad..

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De otro lado, los acontecimientos van tipificando
las épocas. La actual, con su obsesión por atribuirle
al comercio el inmenso poder redentor de los conflictos humanos
y sociales, conlleva un sinnúmero de cambios en los
cómos y en los porqués de la vida del hombre;
en la apreciación de los problemas; en el sentido social
que deben tener las obras y las soluciones; en los valores
tradicionales como elementos de convivencia; en los enfoques
de las metas e incluso en ellas mismas; en la estandarización;
en la producción en serie y de altos volúmenes;
y en proponer y esperar resultados matemáticamente
idénticos en el manejo de lo social y de lo humano.
A la vez, el poder implacable que tienen los mercados, genera
exiguos márgenes de rentabilidad para el pequeño
productor, colectiviza el pensamiento individual condicionando
el criterio por medio de herramientas de mercadeo, crea y
desata conflictos entre la libertad y la igualdad, y hace
sentir en la gente gran incertidumbre por su futuro laboral,
económico y familiar.
Adicionalmente, la apreciación y el uso que el mercado
hace del hombre como bien económico, de las acciones
humanas como procesos de ese bien, y el sentido de reducir
toda relación humana a un esquema de compraventa, produce
en la gente desapego a los valores y hasta antipatía
por ellos.
La medicina, aunque parezca un concepto obsoleto, tiene su
partida y su destino en el ser humano. Es por esto que los
actos médicos, en su más fina esencia, son del
hombre para el hombre. Es el mismo hombre quién crea
su propio mecanismo para manejar las situaciones de enfermedad,
de dolor y de desconsuelo, y de ahí se deriva que el
médico se deba a la gente. Pedirle al médico
que realice acciones en contra de sus pacientes u omita las
que son a favor de ellos, o que proceda de manera diferente
a su leal saber y entender, es lastimar a la propia sociedad
en algo que ha brotado de sus mismos y más íntimos
sentimientos.
Ahora bien: la conducta que se desliza desde los propósitos
que constituyen la globalización de la economía
y el cambio que se genera en los conceptos y criterios que
infunde la política neoliberal, han invadido todos
los ambientes de la atmósfera general donde transcurre
lo humano. Ni la medicina en sí misma, ni el ejercicio
médico como tal han salido ilesos. En la medicina hicieron
camino la investigación con propósitos comerciales;
el desarrollo de técnicas como necesidad de la eficiencia
y no de la eficacia; el retiro de la producción de
sustancias químicas efectivas y asequibles pero que
ya habían cumplido el tiempo de propiedad exclusiva
y patente, y su inmediato reemplazo por nuevas sustancias,
con protección legal mundial de exclusividad remozada.
Y en el ejercicio médico como tal, se cruzó
la barrera de la ortodoxia con los protocolos, las coberturas
restringidas, los listados excluyentes de medicamentos, los
rendimientos en el número de pacientes a atender por
hora, las restricciones en la solicitud de exámenes
necesarios para un diagnóstico, y por fin, para rematar,
se desea orientar al médico, en su criterio y en su
enfoque de los problemas humanos, desde los primerísimos
tiempos de su formación, con la medicina basada
en la evidencia, preámbulo certero para la aparición
en breve y sin mayores dificultades de lo que podría
llamarse la medicina basada en la ecuación.
La idea de la medicina basada en la evidencia se ha vendido
como una respuesta indispensable de aseguramiento de que el
quehacer médico es correcto y efectivo. Sólo
que no se advierte que a lo sumo el 20% del conocimiento médico
tiene tal respaldo y que impulsando este sistema se le hace,
inocentemente, la venia de asentimiento desde las escuelas
de medicina, los foros y las cátedras del sector, a
un componente que desarticula el criterio médico de
la atención del enfermo y de sus necesidades. Con ello
se lastima severamente la relación médico-paciente
y se lesionan los cimientos de una profesión que se
apuntala en el sentimiento, tal como quedó de forma
magnífica expresada por el cirujano Ambroise Paré,
al afirmar que la medicina pretende curar a veces, aliviar
a menudo, consolar siempre.
El ejercicio médico corre el riesgo no solo de ser
crucificado dentro del concepto de la medicina basada en la
ecuación, donde la igualdad no se exprese en unidades
de beneficio a la persona enferma, sino que se exprese en
unidades de beneficio económico, tangibles, cuantificables,
es decir, en dinero.
Y así, con la medicina entregada al capital, terminará
la vida de la que conocimos, esa medicina que según
el maestro, el profesor, médico Jaime Borrero Ramírez,
es ciencia, es arte y es virtud. Esa misma que nos hacía
sentir orgullo y que arrancaba vivas de todo el mundo por
un adelanto meritorio o por un logro insospechado. La que
propiciaba y alentaba la vocación de servicio y también
los más excelsos sentimientos de fraternidad y solidaridad.
Con esa medicina termina esta historia; la de algo que fue
brillante y de respeto, de admiración, de dignidad
y de orgullo.
En esa cuantificación abyecta de lo médico,
la ecuación debe quedar perfectamente equilibrada y
por tanto en ninguno de los lados de la igualdad cabrá
ni el consolar siempre, ni el arte ni la virtud. En ella no
se necesitan, aún más, estorban.
Tampoco cabe, pero será de mera justicia con la medicina,
rezar un requiéscat in pace para una profesión
que alivió tanto dolor, acompañó tantas
horas y mitigó tanta angustia; por la misma profesión
que dio satisfacciones y logros, conocimiento y progreso.
Imagino que su epitafio dirá algo así:
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