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Con la llegada de los virus
de la influenza A-H1N1 y otros que amenazan con llegar, con
el auge de la resistencia bacteriana y la amplia difusión
de estos temas a través de los medios de comunicación
masivos, se viene generando una cultura de que tenemos que
mantenernos lo más estériles posible.
Es muy común entonces ver a través de esos mismos
medios, propagandas alusivas a productos anti-bacterianos,
anti-virales, desinfectantes, antisépticos, jabones
anti-bacteriales, jabones para las partes íntimas y
múltiples presentaciones de alcohol para la higiene
de manos.
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La palabra higiene
se deriva de la palabra griega Hygeia, diosa de
la curación, la limpieza y la sanidad de la mitología
griega. A través del tiempo el concepto se puso en
práctica buscando mejorar las condiciones de vida de
las comunidades y evitando la enfermedad; esto cobra más
fuerza cuando Pasteur empieza a hablar de la teoría
de los gérmenes como agentes infecciosos, transmisibles,
productores de enfermedades.
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No podemos caer en el
extremo de la higiene
excesiva, o mejor, obsesiva. No alteremos las barreras
naturales a través de una higiene excesiva.
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Sin duda alguna los
hábitos higiénicos como lavarse las manos antes
y después de comer o ir al sanitario, bañarse
regularmente, evitar el contacto con áreas o fuentes
contaminadas, el no estornudar en público, son medidas
que demostraron utilidad en la prevención de infecciones.
Sin embargo, no podemos caer en el extremo de la higiene excesiva,
o mejor, obsesiva. Por ejemplo, muchas veces se impide a los
niños tener un contacto natural con el medio ambiente,
con otras personas o con sus mascotas, por el temor de que se
van a enfermar, cuando en realidad este contacto no solamente
es necesario para su desarrollo cerebral sino también
para su desarrollo inmunológico. Si el niño no
tiene ninguna inmuno-deficiencia y tiene su esquema de vacunación
completo, no hay por qué temer que entre en contacto
con su entorno natural.
El uso excesivo de sustancias antibacteriales hace un barrido
de la flora normal inofensiva que poseemos en la boca, en el
tracto gastrointestinal, en la piel o en las mucosas, creando
un ambiente propicio para que allí se asienten otros
microorganismos que sí pueden causar daño, ó
generarse alergias o dermatitis de contacto. Se plantea también
que la excesiva higiene puede predisponer a los niños
a presentar asma o alergias.
Si se dispone de agua potable, esquemas de vacunación
completos y unos hábitos higiénicos básicos
adecuados, dejemos al organismo que se encargue del resto: para
eso le tenemos que permitir que entre en contacto con esos agentes
extraños, que los reconozca y que genere defensas contra
ellos, y no alteremos las barreras naturales a través
de una higiene excesiva. |
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