En los últimos
meses ha surgido una controversia en relación con la
prescripción de antidepresivos de la familia SSRI (Inhibidores
de la Recaptación de Serotonina) en la población
juvenil, al punto que el concepto mismo de la investigación
clínica ha sido cuestionado con respecto de la eficacia
y seguridad de cualquier medicamento prescrito.
Recientemente, un panel independiente de la agencia reguladora
de alimentos y medicamentos en Estados Unidos (FDA: Food and
Drug Administration), dio un voto de 25-0 para reafirmar que
los antidepresivos pueden aumentar los riesgos de suicidio e
ideas suicidas en la población infantil. Por un voto
de 15-8, este mismo panel sugirió incluir esta información
y resaltarla en la etiqueta de precauciones con un color negro.
Esta medida deberá hacerse efectiva en cada medicamento
antidepresivo de la familia SSRI utilizado en menores de 18
años.
Muchos médicos nos estamos cuestionando ahora si el sistema
que conduce estudios en investigación clínica
es el más acertado, o si solo estamos recibiendo los
resultados que las compañías farmacéuticas
desean mostrar. Hoy hablamos de antidepresivos, pero este concepto
se podría aplicar a muchos otros productos en el mercado.
¿Qué sabemos?
¿Sabemos todo, un poco o nada de las medicaciones que
prescribimos? En abril de este año, Jon Jureidi, MD jefe
del Departamento de Psicología y colaboradores en el
Hospital Women's and Children's Hospital in North Adelaide,
Australia, publicaron un artículo en el British Medical
Journal, revisando la eficacia y efectividad de los antidepresivos
en adolescentes y niños. En esta revisión incluían
datos de investigaciones clínicas y a su vez datos no
publicados que fueron dados a conocer por el Comité de
Seguridad en Medicinas del Reino Unido. Las conclusiones fueron
directas y preocupantes, pero infortunadamente muchas de ellas
fueron tomadas a un nivel personal. En ellas se reportaba: "el
mejoramiento en el grupo control es notable, beneficios adicionales
de la medicación son dudosos y los efectos secundarios
han sido minimizados". La conclusión fue que "los
antidepresivos no podían ser medicaciones recomendadas
confiablemente en el tratamiento de la depresión infantil".
El autor del artículo recomienda tener "una interpretación
más razonable y balanceada de los datos suministrados
en la literatura médica dominada por la industria, en
referencia a la depresión infantil". Ya que el doctor
Jureidi es presidente de una organización que cuestiona
el mercado farmacéutico y sus estrategias de divulgación
de la información médica, muchos argumentaron
que su artículo era "malintencionado". La controversia
continuó. Dos semanas después, la revista Lancet
publicó una revisión sistemática de los
SSRI (grupo de antidepresivos) en el tratamiento de la depresión
infantil, en el cual tomaban como base la revisión de
información publicada y no publicada. Este estudio también
encontró discrepancias y reportó que la información
publicada era significativamente más favorable a la no
publicada. Y así el perfil de riesgo-beneficio de la
medicación favorecía a la medicación.
Esto generó más atención a la forma como
las medicaciones son aprobadas. Compañías como
GlaxoSmithKline, Merck, Forest Labs y Pfizer, se vieron en la
obligación de compartir con el público la información
publicada y no publicada, mejorando el acceso a la información
y estableciendo parámetros en los cuales se haga conciencia
del riesgo y las precauciones que se deben tener en cuenta frente
a estas medicaciones.
Acciones
En el pasado mes de septiembre en Wahingston DC., en audiencia
pública, un panel de expertos discutió los resultados
de 15 estudios clínicos, incluyendo información
no publicada. Este mismo panel escuchó a padres de familia
cuyos hijos habían cometido suicidio mientras eran tratados
con antidepresivos, y a padres que daban crédito al inmenso
beneficio de la medicación por el cual sus hijos estaban
vivos. En marzo de 2004, después de un análisis
elaborado a nivel estadounidense, la FDA recomendó que
las compañías farmacéuticas cambiaran las
etiquetas de los medicamentos, incorporando y enfatizando en
las precauciones la necesidad de mantener un seguimiento paso
a paso para detectar exacerbación de ideas suicidas en
el paciente pediátrico y adolescente. Estas mismas medidas
ya se habían tomado en diciembre de 2003 en el Reino
Unido, y los médicos ya habían sido prevenidos
de no prescribir antidepresivos de la familia SSRI, excepto
Prozac para depresión en pacientes menores.
Riesgo/Beneficio
Después de esta controversia, es necesario aclarar que
todo debe evaluarse con moderación: el mensaje debe ser
de análisis individual en cada paciente tratado. No es
cuestión de intimidarse y de descontinuar abruptamente
tratamientos. Razones muy válidas indican que la depresión
incrementa el riesgo de un primer intento suicida alrededor
de 14 veces; este desorden afecta de 3 a 5% de niños
y jóvenes en los Estados Unidos. Más de 500.000
niños deprimidos intentan suicidarse cada año;
de éstos, aproximadamente 2.000 logran concretarlo. Este
número ha disminuido aproximadamente 25% desde principios
de los 90. De 5.000 jóvenes participantes en diferentes
estudios, ninguno cometió suicidio; investigaciones muestran
que entre 30-40% de jóvenes con depresión no responden
a una medicación inicial, por lo cual el clínico
se ve en la obligación de utilizar otro tipo de medicamento
que puede marcar la diferencia.
La APA (American Psychiatric Association) recomienda no restringir
el uso de estos antidepresivos, lo que difiere de la escuela
británica en la cual a los médicos no se les recomienda
tener otras opciones excepto Prozac (fluoxetina) para el tratamiento
del grupo en mención. Según la presidencia de
la APA, los resultados que muestran que la medicación
activa puede duplicar el riesgo de eventos suicidas requiere
nuestra atención, pero no debe oscurecer la evidencia
indiscutible de la eficacia que los antidepresivos SSRI tienen
en el tratamiento de la depresión en jóvenes,
incluyendo por supuesto el suicidio.
Este dato se confirma en el ultimo estudio realizado llamado
TADS (Treatments for Adolescents with Depressión Study)
financiado por el NIMH (National Institute of Mental Health),
en el cual se demuestra que de 439 jóvenes con depresión,
el 71% respondieron a la combinación de fluoxetina y
CBT (Cognitive Behavioral Therapy = Terapia Cognitiva-Comportamental).
Otro porcentaje de 30% no mejoró bajo estas medidas y
por eso la psiquiatría seguirá en búsqueda
de respuestas para el tratamiento de la enfermedad mental. Recordemos
que el tratamiento a tiempo puede prevenir un deterioro en el
campo social, académico y de salud integral en ese joven.
Paciente, familia y médico deben crear un equipo de trabajo
en beneficio del joven que se enfrenta a esta difícil,
pero no intratable enfermedad . |